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AMIGOS DE CASA
TALLER LITERARIO
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Periodista y empresaria. Guatemala.
Blog:
Claudia Sánchez y
Escritores... a lo mejor
LA PARED
El hoyo en la pared se hacía más profundo. Aquel material arcilloso salía
cada vez más a la luz.
Tenemos que arreglar esa pared, le dijo su mujer a Emilio, no le da buen
aspecto a la casa.
Emilio no deseaba reparar la pared. También había una lámpara en el estudio
que necesitaba arreglo, un piano que cada vez que lo tocaban desafinaba, una
mesa de noche en forma de luna que tenía una pata floja y una puerta que
cuando se abría erizaba la piel.
Siempre justificaba que su trabajo no le dejaba tiempo libre. Por años había
ejercido el oficio de muralista, trabajo que lo apasionaba.
El agujero en la pared ya estaba cuando habitaron la casa; lo curioso es que
cada vez se hacía más grande. La casa era un legado de los tatarabuelos de
Emilio.
Su mujer creía que allí habitaba una rata, y que cada día engordaba tanto
que le costaba entrar.
Ese día fatal su mujer le habló a Don Cristóbal para que arreglara el hoyo
porque quería agradar a su marido
Cuando Emilio llegó y vio tapado el hoyo, perdió la inteligencia y se
transformó en un animal feroz en busca de su víctima.
–¿Dónde estás, maldita mujer? ¿Quién te dio la autorización de tapar ese
agujero?
Esa noche la golpeó con toda su furia.
Su mujer espero acurrucada en el baño a que amaneciera; ello le traería
nuevos vientos y le haría sentir mejor.
Después de aquel incidente, ella no dijo nada; como buena hija que era,
había aprendido muy bien con su madre que cuando uno es la causante del
enojo del marido hay que tratar de congraciarse con él lo más pronto
posible. Recordó que su madre usaba paños de agua tibia y fría para bajar la
hinchazón de los hematomas, y se daba un buen baño con agua tibia y hojas de
naranjo. Siguió el ejemplo y pidió disculpas a Emilio por aquella estupidez;
nunca más haría algo sin consultarle antes.
Días después notó otro hoyo en la pared de la habitación; era más pequeño.
Emilio estaba tranquilo. No le había costado trabajo abrir un nuevo agujero;
su oficio se lo facilitaba. Lo único que le incomodaba un poco era el sabor;
era diferente, quizá porque el hoyo era nuevo y por ello no sabía igual al
que estaba cuando llegaron a habitar la casa.
Con el tiempo se acostumbraría y, cuando muriera, dejaría el legado a sus
hijos y nietos, quienes heredarían el hábito de comer paredes.
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Claudia Sánchez
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