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AMIGOS DE CASA

TALLER LITERARIO

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Ingeniero agrónomo. Guatemala.

Blog: Escritores... a lo mejor

 

ORDO AB CHAO
I
Aún pienso en aquellas manos que me tuvieron por tanto tiempo. Ellas eran el inicio de la eternidad vista desde la esquina del cuarto de mi abuelo. Sé que llorar me vendría mejor al acordarme de esa eternidad: sin nada más que hacer que embriagarme, como se suele hacer en todas las eternidades. Pero ya no puedo llorar. La noche en que me apresaron, como todas las noches desde su jubilación, mi abuelo se acostó después de ver las noticias de las diez. Mis hermanos y yo quedamos solos, desvelándonos en la televisión del corredor. Escuchamos golpes en la pared del cuarto de mi abuelo. “¿Qué le pasará al abuelo?”, preguntó mi hermano. Salió casi corriendo, sin el bastón y descalzo, hasta donde se encontraba mi hermana, de los ojos tristes, en la repisa que sostiene el teléfono. Sin poder decir palabra nos señaló el cuarto. Los golpes seguían rompiendo el silencio de la casa y de nuestras mentes (sobre todo la de mi abuelo). Mi hermano no quiso asomarse y sugirió que yo no lo intentara. Ayudó a mi abuelo a tranquilizarse. Mi madre se levantó por el alboroto. A mi padre le cuesta reaccionar debido sus piernas. Mi abuelo seguía pálido. Yo insistía en echar un vistazo antes que llamar a la policía. Mi madre me alcanzó el bate de béisbol, con la esperanza que el ladrón no tuviera pistola. A ella ya se le había metido la idea de que era un ladrón. Mi hermano decía que no podía ser y yo lo apoyaba. Un ladrón es silencioso y lo suficientemente inteligente como para no atracar cuando hay luz. Agarré el bate para no contradecir a mi madre y entré en el cuarto. Con la luz del corredor vi que se tambaleaban los títulos de mi abuelo. Encendí la luz y los golpes disminuyeron en intensidad. Revisé todo el cuarto, sin ánimo de acercarme a la pared que ahorcaba los títulos y cuadros que resumen la vida. De pronto cesaron los golpes. Salí del cuarto y les dije a todos que los golpes provenían del cuarto que manteníamos cerrado. “Imposible entrar ahí”, dijo mi abuelo, que tragaba saliva con dificultad. Yo creí que esto era una buena excusa para entrar y acabar con mis sospechas. Insistí pero nadie me hizo caso. Entré de nuevo en el cuarto. Me acerqué a la pared. Escuché como movían un mueble del otro lado. “¿Cómo es posible que alguien entre ahí?” pensaba. Ese cuarto no da a la calle, y la pared del vecino es alta y de concreto. El arrastrar de los muebles cesó. ¿Muebles? Yo no sabía lo que había en ese cuarto, pero a eso me sonó. Luego comenzó un golpeteo metálico. Los clavos que sostienen los títulos de mi abuelo estaban siendo empujados. Caían rápidamente, de derecha a izquierda. El título de maestro de mi abuelo, con la firma de Arbenz Guzmán, cayó frente a mi pensamiento de que ese era el más valioso objeto histórico de la casa. Caían los diplomas de honor al mérito; de agradecimiento al fundador de este instituto educativo; por su abnegada y relevante labor Magisterial desempeñada en beneficio de la niñez y juventud de nuestra patria. Solté el bate para rescatar algunas pinturas miniaturas de las calles de San Marcos, y la ofensiva se detuvo. Sólo quedaba el último: el Ordo ab chao.
Miré desconcertado el título. Todo se detuvo en la casa. En el marco de la puerta del cuarto estaban todos, menos mi abuelo y mi hermana. Nos buscamos los ojos sin hallarlos totalmente de acuerdo con nuestros pensamientos. Un golpe en la pared nos sacó del error de pronunciar una palabra o frase estúpida. El golpe se repitió. Pum. El título brincó. Pum. Pum. Pum. El cuadro se balanceó. Luego la onomatopeya no paró. El cuadro peligraba. Afuera del cuarto escuchaba el grito de mi hermana de los ojos tristes.

II
Pedimos explicación a mi abuelo, pero estaba mudo. Mi madre se lo llevó a su cuarto y lo sentó en la cama. Le sirvió un poco de té, el cual rechazó. Le preguntó si quería acostarse. Le dijo que sí. “Nosotros dormiremos con los patojos”, dijo mi madre. Al regresar con nosotros, nos dijo que los ojos de mi abuelo habían crecido y miraban a la nada. Entré de nuevo en el cuarto. El golpeteo no paraba. El título del grado 33 de mi abuelo se balanceaba en su clavo. Decidí bajarlo y mientras lo hacía leí en voz alta: Ad Universi Terrarum Orbis Architecti Gloriam. El golpeteo se hizo leve, como si lo hicieran con los dedos. El sonido se movía hacía mi izquierda. Bajé el cuadro al suelo. Le seguí con la oreja pegada a la pared. Mi madre gritaba desde afuera que me alejara. Los ruidos descendían y volvían a ascender, siempre hacía la izquierda. Ya estaba en el final de la pared y mi nariz podía tocar la adyacente. Me separé de la pared para darme cuenta que algo había apresado mi mano. A la par de la Singer de mi abuela había un hueco donde mi mano izquierda sentía otra mano que la apretaba con fuerza.
Luché para liberarme. Aparté la máquina de coser de mi abuela para tener mejor punto de apoyo. Pero al empujarla con las piernas tuve que apoyar mi espalda en la pared y mi antebrazo entró por el hueco. Fue una presa fácil. Ahora me metían las uñas dos manos. Nadie se movió del marco de la puerta. Les pedí calma a todos y me calmé a mi mismo. Quizá tuviera una oportunidad de soltarme. Lo intenté haciéndole creer que me había calmado y luego me moví rápidamente. Las uñas se clavaron muy fuerte. El dolor que me produjeron las uñas me hizo entender que no debía luchar. Mi hermano se lanzó a querer desatascarme, le dije que era inútil intentarlo. “Son muy fuertes”, le dije. Entre mi mano y las otras llegaron a un acuerdo. La fuerza que ellas iban a ejercer iba a ser la suficiente como para sentir si yo quería escapar. Les dije a todos que iba a estar bien, mientras no intentara escapar. “Ahora necesito descansar” les dije. Mi padre me preguntó qué pasaba. Yo le expliqué que me habían atrapado. Nadie le quiso preguntar a mi abuelo si tenía la llave de ese cuarto. Teníamos prohibido entrar o preguntar que había ahí. Todos acordaron buscar la forma de cómo sacarme. Mi madre, que no se quería acercar, me dijo que la disculpara pero sentía miedo de mí. Así que me aventó unas almohadas y dos chamarras. Le pregunté por qué sentía miedo. “Porque ahora eres la extensión de algo, que… no sé, que me puede atrapar a mí también” dijo saliendo del cuarto.
Mi hermano siguió viendo televisión en el corredor. Mi madre y mi padre durmieron en mi cama. Comencé a ordenar mi lecho y sin querer jalaba mi mano. Las uñas volvían a enterrarse. Por fin encontré comodidad y me relajé.
—¿Quién eres? —pregunté cuando ya me había relajado. No parecía querer comunicarse. Esperé cualquier respuesta, con las manos, con la voz. Seguían inmóviles: tanto el sonido como las manos. Nunca quise volver a preguntar.
Según mi madre, escuché lo que hablaban en el corredor al día siguiente, mi abuelo no durmió aquella noche. Pero se levantó normal. Extrañaba su cama que es más dura que la de mis padres, pero decidió que ese día era como cualquier otro. Ninguno quiso preguntar nada. Se sentaron a la mesa todos juntos a desayunar. Nadie habló nada. Escuchaban las noticias de la mañana en el televisor del comedor. Todos adoptaban la actitud de mi abuelo: masticar despacio. Mi madre me sirvió el desayuno en una bandeja y se lo dio a Erica para que me lo llevará. Mi madre me preguntó cómo me sentía. Miraba el marco de la puerta. Le dije que no temiera verme en esta posición, “verme no te va atrapar” le dije. “Sería la tristeza la que me atraparía”, dijo retirándose de la entrada. Mi padre entró a preguntarme lo mismo.
—Creo que me está sangrando el brazo —le dije.
—Bueno, ¿pero no es nada grave?
—Seguramente no.
—Ah.
Luego salió sin toparse con mi hermana. Ella me sonreía.

III
Aún las extraño por las noches. No debería extrañarlas porque me pone melancólico. Y la melancolía es un arma que ellos usan en mi contra. Pasaron dos días hasta que mi abuelo decidió volver a dormir en su cuarto. No soportaba hundirse en la cama de mis padres, donde le costaba más levantarse. Y las camas de nosotros eran igual o más incómodas para él. Al entrar en el cuarto vio la nueva organización dispuesta por Erica. Había movido la máquina de coser de mi abuela a la otra esquina, cerca del cuadro del Cristo Negro. Volvió a clavar los títulos de mi abuelo en el orden que le dije. El de Arbenz lo tomó mi padre para mandar a hacerle otro marco. Le pedí que las pinturas miniaturas las clavara cerca donde las pudiera contemplar. El Ordo ab chao no lo pudo colocar porque ella es demasiado pequeña para alcanzar el clavo que se salvó. Le dije que lo dejara en el suelo. Ella atendía todas mis necesidades, como si fuese un enfermo. Bueno, no siempre como un enfermo.
Cuando mi abuelo entró en el cuarto llamó a Erica. Le señaló el diploma que le entregó el ministerio y le dijo que ese debía ir en la posición del de la orden Jorge Washington. “Jorge”. El día que vi ese título colgado en la pared le dije que en la historia del mundo nunca había existido un tal Jorge Washington. “¡Cómo no!, me dijo, es uno de los fundadores de los Estados Unidos”. “¡Ah! Ese se llamaba George Washington, le dije y sentencié: los nombres propios son los nombres propios en cualquier idioma del mundo. Se hizo el sordo con ese comentario.
Erica volvió a colocar casi todo como estaba. Digo “casi” porque no pudo colocar la máquina de coser exactamente en la esquina donde estaba. Con el palo de una escoba y una pita logró ensartar el Ordo ab chao luego de tres intentos fallidos, recordados (aún después de tres semanas) con moretones en mis piernas. Mi madre me dijo que ella había sentido unas punzadas en las piernas que no la dejaban dormir. Luego le conté, casi gritando por el ruido del taller mecánico que está frente a la casa, que el Ordo ab chao había caído en mis piernas tres veces. Al decirle esto se apartó del marco de la puerta desde donde se recostaba viendo al patio. Creo haberle escuchado sollozar.
Después de quedar satisfecho con el orden de los cuadros, mi abuelo se acostó en su cama soltando un suspiro de comodidad. Creo que durmió instantáneamente. Cuesta saber si está dormido o despierto. Casi no ronca y aún dormido encoge las piernas cuando está boca arriba. Llegó mi hermano cerca del mediodía a llamar a mi abuelo para almorzar. Le dijo que prefería dormir. Ya nadie almorzó: todos se fueron a dormir. No todos. Erica entró con mi almuerzo al cuarto. “Si tenemos suerte tu abuelo no se despertará”. Y no se despertó. Erica salió luego del cuarto acomodándose la falda con su acostumbrado silencio servicial. Pensó que mi hermana vigilaba en el extremo del corredor, pero era una lechuza perdida en el mediodía.

IV
Mi abuelo nos dominaba todo el tiempo. A mi padre por ser responsable de él según las leyes de la vida de un hijo vivo y único. A mi madre porque cuando se casó con mi padre sabía que debía vivir bajo estas circunstancias. A los demás les conmovía simplemente esos ojos chiquitos y vivarachos sumergidos en los cachetes flácidos. Y a mí con su rutina magisterial nonagenaria. Encendía la luz todas las madrugadas durante una hora sólo para verse las manos. Prefería dormir en las mañanas. Encendía el radio a las cinco de la mañana para escuchar las noticias. Está un poco sordo y las escuchaba al máximo. Los gallos de las casas vecinas se intimidaban con el charleo de el radio de mi abuelo, por eso decidían cantar una hora antes de las noticias de las cinco. Luego a las seis se levanta para orinar y abrir las puertas de la cocina y la sala. Regresa a la cama, apaga el radio y vuelve a dormir. Ahora que mi hermano se ha ido a Guatemala a trabajar, es Erica la que le avisa que el desayuno está servido. Es ahora cuando se coloca el pantalón y sale arrastrando los pies mientras el bastón le hace de compás.
Mi madre contesta el teléfono del corredor viendo las fotos de carita de cuando yo era bebé. Yo la veo de espaldas. A veces acaricia el vidrio donde estoy sonriendo. Otras veces acaricia a mi hermana sonriendo. Mi madre habla con su hermana. Le dice que Erica está actuando raro. Anda buscando cosas donde no debe, pero que el arroz le está saliendo mejor cada día. Que anoche sentía dolor en su brazo izquierdo y que estaba pensando en ir a visitarlos allá a la finca. Luego habla bajo y comienza a temblar en sollozos.
Erica entró al cuarto con la bandeja repleta de arroz y tortitas de carne, una canasta con suficientes tamalitos y un vaso de fresco donde nadaban las hormigas. Se agachó para acomodarme mi almuerzo y sacó de entre su diminuto sostén un papel.
—Lo encontré junto a la medalla que me describiste. No entiendo nada de lo que dice.
—No tienes por qué entender —le dije sonriendo, la carta estaba en latín.

V
Cuando mi abuelo por fin comenzó a tomarme como otro recuerdo pegado a la pared y ya no como un obstáculo para acomodar la Singer, las manos que me apresaban se habían convertido en un elemento necesario en mi cuerpo. Eran el contraste que se sentía en aquel misterioso cuarto: se sentía frío y las manos tibias; se sentía empolvado y las manos en manantiales; se sentía asfalto y las manos madera. Mi abuelo volvió a recibir visitas de nuevo en su cuarto. Las personas comenzaban a la derecha a admirar todos los reconocimientos y sobre todo la firma de Arbenz en su nuevo marco. Cuando llegaban a la esquina se admiraba de mi cuerpo tendido con un brazo oculto. Muy pocos se atrevían a conversar conmigo. Julio llegaba a hablar de marimba, tío Chema de los muertos, Alfonso llegaba a emborracharse con mi abuelo y a veces me unía. Don Andrés llegaba a cantarle a capela (para mi desgracia) sus nuevas canciones sobre el pueblo. De esta forma pasaban los días de la eternidad en el cuarto de mi abuelo.
Mi madre decidió ir a visitar a su madre allá en Santa Lourdes. Estando allá se olvidó de los problemas de la casa y comenzó a revivir su infancia. Mi padre recibió la noticia en el teléfono del corredor, estaba viendo las fotos de carita de mi hermana y acariciaba la de los ojos tristes. Cuando escuchó la noticia dijo “¿Qué brazo fue?” y volvió a verme. “El izquierdo” dijo suavemente. Al colgar agachó la cabeza. Pienso que evaluaba entre decirle a mi abuelo o decírmelo primero. Entró al cuarto (mi abuelo jugaba solitario en el comedor, con tío Chema a la par viéndolo jugar) y me lo dijo.
Al salir dio una última vista a mi hermana y le contó a mi abuelo que mi madre se había caído de un caballo y se había quebrado un brazo. Por supuesto mi abuelo sugirió si era el izquierdo. Al confirmárselo preguntó si me lo habían dicho a mi. Mi padre mintió. Según mi abuelo yo no escuchaba nada, yo era un recuerdo.
Erica entró con la caja de Pandora entre los dientes. Me dijo que luchara por liberarme de una vez por todas. Ella no lo soportaba más. Me amenazó con llamarlos y botar la pared o cortarme la mano, así ellos nos dominaran a los dos juntos. Erica terminó con la voz deshecha y con una laguna amenazando con fluir en ríos de lágrimas. Yo la miré con más amor que el acostumbrado. Saqué la carta que estaba debajo de la colcha de mi lecho y se la acerqué. Le dije que un hombre llamado Héctor (mi maestro de latín) podría ayudarnos.
—Vive frente al hospital en la única casa de dos pisos —agarró la carta y un papel cayó a sus pies. Al tomarlo leyó en voz alta:
“Tus ojos vieron mi golem, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”.

VI
Ellos entraron y me vieron la melancolía en el papel que sufría porque me cuesta escribir sobre los simios de a la par se ven tan azules ja ja ja y yo estoy tan verde en este mono que Erica encontró a Héctor o él la encontró a ella en la puerta de su casa con las dos manos unidas como suplicando recibiera la carta que yo le enviaba y me ayudara con la traducción de una sola palabra que no entendía a Erica porque Héctor fue muy amable no como lo sería el hombre de la bata en cuanto se entere que estoy escribiendo sobre las manos y el golem o del golem solamente porque no existe dicen ellos porque estoy solo porque lo inventé todo pero no me he inventado el muñón de mi brazo no inventé nada pasó en realidad déjenme colgado a la pared donde pertenezco yo no nací para ser un ser humano yo soy un cuadro en el cuadro del curandero de Juan Sisay mi rostro es de dolor me cortarán una pierna o un brazo o los dos a la vez porque este curandero no sabe que la palabra golem no está en latín no era latín no era romano.
Me queda poco tiempo antes que vengan ellos con sus acciones definitivas. Ya saben que estoy escribiendo y pronto me drogarán otra vez. Quizá esta vez sea para siempre. Héctor le entregó de nuevo el papel a Erica y le dijo que la palabra golem no era latín y que desafortunadamente no conocía el significado. Pero le dijo que esa frase le sonaba a algo que había escuchado antes. Erica me entregó el papel muy desilusionada. Le pedí que me diera la refacción: los recuerdos también necesitan que los desempolven.
Mi madre regresó bastante delgada pero con una sonrisa. El brazo inmóvil lucía muchas firmas y cruces. Ella entró al cuarto y se fue a la esquina donde el recuerdo tácito de su hijo yacía como de costumbre. Yo comía arañas y había comenzado a ver a la nada, tratando de mimetizarme como lo haría una mantis en una pared con recuerdos. Llevaba una vela en la mano. Me sorprendió porque ella no cree en esas cosas. Me acarició la cara y comencé a ver su rostro mojado. Ahora yo era un recuerdo que interactuaba. Puso la vela a mis pies y un aroma exquisito invadió el cuarto. Apartó un poco la Singer y se acostó a mi lado rodeándome en un abrazo. Mi hermana sonreía desde la repisa del teléfono como siempre lo ha hecho: con sus ojos tristes.

VII
Mi abuelo entró para apartar a mi madre del cuadro que había pintado de su nieto sin un brazo. Mi madre no quiso soltarse del cuadro y el cuadro se puso tenso, y también se puso tenso el clavo que lo sujetaba. Mi abuelo consiguió separar a mi madre y apagar el fuego aromático que se propagaba por los cuadros. Los cuadros comenzaban a toser. La vela yacía culpable a los pies del cuadro de su nieto. Mi madre se sentó en la orilla de la cama. Mi abuelo salió del cuarto con un ataque de tos. Ella se secó las lágrimas y se arregló el sujetador de su brazo inmovilizado. Vio en el suelo un papel. Al recogerlo y leerlo pronunció: “Esto es un salmo”.
Erica, que había entrado al cuarto para atenderme, se incorporó y le preguntó a mi madre que salmo era.
—No lo sé, no los memorizo por versículo. Pero esta palabra debería ser “embrión” y debe ir al principio. El salmo dice: “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”.
Erica salió del cuarto intempestiva. Se enfrentó con mi abuelo descubriendo su furia con sus ojos.
—¿Qué es un golem? ¿qué significa que es un embrión?
—¿Qué sabes tú de eso? —dijo entre toses.
—Que eso mismo apresó a tu nieta hace nueve años, frente al espejo con su mirada triste —le dijo señalándole el recuerdo de mi hermana en la repisa del teléfono. Mi abuelo la miró desconcertado de escuchar tantas palabras juntas de Erica. —Y eso mismo está apresando a tu nieto y tú no haces nada.
—No puedo hacer nada. Ella se rebeló. No puedo hacer nada.
—¿Ella? —preguntó mi madre, saliendo de la penumbra del cuarto. —Ella atrapó a mi hija y usted lo sabía. ¡¿Quién demonios es ella?!
Mi abuelo las veía alternativamente. Erica no parecía encajar en la realidad de mi abuelo. Ella sólo debía dedicarse a servirnos a todos calladamente.
Mi madre volvió a preguntar. Mi abuelo tosió, pero no aire.
—El hombre cree que puede crear el orden a partir del caos, la vida a partir de la nada. Yo hice mi golem, para imitarla a ella y hacerla eterna —dijo y señaló la foto de mi abuela. —Pero el hombre no puede controlar su orden que ha nacido del caos, porque el orden tiende al caos. Sólo el arquitecto del universo puede controlar ese orden.
—¿Por qué no lo intentó? ¡¿Por qué no lo intenta hoy?! ¡Ordene este caos!
—Pensé que lo había hecho. Pero no murió su odio y sólo la ternura la puede destruir. Su odio hacía mi continuó como desde el día que nacieron tus hijos.
—¿Por qué?
—Porque yo amo a tus hijos más que a ella. Cuando nacieron y vio mi reacción se enfureció. Me dijo que si no los mataba, ella los iba convertir en nada más que recuerdos bonitos... “para que los colecciones con tus demás cuadros. Si no dejas que eso suceda, tu mujer va ser el centro de tus objetos colgados en esta pared”. Tú sabes cuanto amaba a Julia. Yo no temí a sus amenazas. Así que la encerré en ese cuarto y conjuré su muerte, pero su odio no murió y ahora ataca a mis nietos desde esa pared.
La Julita había muerto hace mucho. Hubo un tiempo que pensé que ella era la que me atrapaba. Sus manos eran igual a estas. Su respiración mientras duerme, sus caricias, sus lágrimas se sentían igual. Pero yo mismo cargué su caja hasta el nicho y vi cuando su caja desparecía entre los ladrillos. Yo mismo lloré junto a su tumba. Mis esperanzas no desaparecieron ni en sueños. Ella seguía viva y estaba oculta detrás de esta pared. La prueba eran aquellas manos. Pero no era así. Ahora lo comprendía todo.

VII + I
Me verán llorando por aquellas manos cuando entren a la habitación. Verán que he destrozado mi compostura y que me he desnudado. Verán que yo seguía siendo un embrión de recuerdo colgado a una pared, como lo somos todos sin darnos cuenta. Verán que yo seguía siendo el caos a partir del orden. Me verán escribiendo estas últimas palabras. Escucharán como grito las palabras con lágrimas mientras las escribo. Escucharán la misa solemne de Beethoven en el reproductor. Me inyectarán para que me calle. Me inyectarán para que ya no escriba, para matarme, para mantener el caos en mi mente, para retornarla al orden. Pero uno de ellos guardará esto. Uno de ellos que en realidad es ella, esconderá este papel junto a los otros. Ella llevará este recuerdo y dirá que ella la vio también. Que era igual a mi abuela, pero era un golem que revivió. Dirá que al verla todos la quisieron abrazar y cubrir su desnudez. Pero ella no era la que aparentaba. Contará como ella me arrancó el brazo y huyó por un agujero en la mente de mi abuelo, que abrió por fin la puerta que nunca estuvo abierta. Dirá que la ternura de mi abuelo la mató. Contará que en tu libro no estaba escrita una cosa que se formó y existió. Porque yo la inventé. Que mi abuelo se acostó en la cama para abrazar el recuerdo de mi hermana de los ojos tristes.
 


Claudio López
 

       

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