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Periodista.

 

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Una lámpara iluminaba las cavidades de su vagina. Trató de imaginar cómo sería dar a luz. Parir una hija y después reclamarle antes de entrar al consultorio del ginecólogo porque no quiere mostrarte su himen: “¿Qué acaso me ocultás algo?”. Susurrárselo al oído primero, porque la gente no debe enterarse. Después gritárselo sin decoro, para horror de las señoras que se tapan la cara con las revistas que el doctor deja en las mesitas esquineras de la sala de espera.
   El doctor Paniagua seguía alumbrándola con la lámpara. La señora Orellana estaba sentada frente al escritorio del doctor, mirando los títulos que colgaban de la pared: Medicina general, ginecología y obstetricia, patología mamaria, oncología.
   Paola veía las láminas pegadas en la pared mientras trataba de identificar algunas de las enfermedades que la profesora de Ciencias había mencionado e ilustrado con un dibujo a tiza hecho en el pizarrón. Había mezclado los colores de las tizas: blanco, amarillo y rojo (en orden ascendente de gravedad).
   Había un cartel que decía “Menopausia” en letras lila. Tenía la fotografía de una mujer de unos 50 años, como su madre. Trató de adivinar si esa mujer le hacía lo mismo a sus hijas, si las llevaba al ginecólogo y se sentaba frente al escritorio del doctor esperando el momento para levantarse de la silla con la excusa de hacer algún comentario importante. Entonces se paraba al lado de él para poder ver todo y ahí exhalaba el aire contenido, como quien se alivia de un mal pensamiento o de una duda.
   Ahora estaban los tres frente a ella: el doctor Paniagua, la señora Orellana y la mujer del cartel. Paola se sobresaltó un poco porque de verdad pensó por un momento que la mujer menopáusica estaba ahí.
   “Podrían ser ovarios poliquísticos”, dijo el doctor, que ya estaba sentando otra vez en su silla giratoria. Paola seguía ahí acostada, esperando la indicación: “levántate y anda”. No había estado mal esperarla porque el doctor había regresado para examinarle el busto. “La zorra y el busto”, esa había sido una fábula que leyó cuando tenía doce años. Al principio no la entendió muy bien hasta que vio las ilustraciones del libro de Ernesto Payés y comprendió de qué busto se hablaba.
   El doctor le preguntaba cómo le iba en el colegio, qué tal las clases de natación, si ya tenía planeado qué iba a estudiar en la universidad y si ya había visto una película de la pasión de Cristo. Paola sabía que todo eso era para entretenerla un poco y hacerle más llevadero el bochorno. Le contaba que todo iba bien, que apenas y estaba aprendiendo a dominar el estilo mariposa, que estudiaría Economía y que en clase de literatura habían discutido un poco sobre el detalle recurrente de películas de ese tipo donde Jesús nunca se ríe.
   En ese momento ya no pudo contener la risa porque el doctor Paniagua la examinaba con movimientos circulares que daban cosquillas. Se preguntó si había sido un buen momento para reír. El doctor le miró el rostro de reojo, sin sorpresa y con una sonrisa de piedad. “Tranquila, hija, yo sé que da cosquillas”.
   Le hablaba con ese tono pausado que un padre emplea cuando va a dar un consejo. La que sí era su madre la fulminó con la mirada. ¿Cómo se le ocurría reírse? Menos con el doctor Paniagua, que es un hombre tan serio.
   Paola se levantó, intimidada por la expresión de furia contenida en la cara de la señora Orellana. Entró al baño, se quitó la bata verde y la dejó caer al suelo como había dejado caer la falda del colegio ayer. “Hagás lo que hagás, no pensés en tu mamá en ese momento”, le había dicho Martha. “Yo lo hice y todo se me arruinó. Me dolió”. ¿Qué habría estado pensando César en ese momento. Ella pensaba en el examen de mañana (Historia), en el uniforme ajado, en las señoras de los abanicos que esperaban en la sala del consultorio, en el doctor y terminó pensando en su madre y en lo horrible que sería que se diera cuenta de esa manera. La vergüenza, el doctor, la mujer de la lámina en la pared, la lámpara y su madre esperando, impaciente. César nunca le ha caído bien a mamá.
   Entonces un “no” y a ponerse otra vez el uniforme, que ya se había arrugado. La consulta con el ginecólogo será mañana. Había que esperar. Después de todo, pronto se graduaría del colegio, iría a la universidad, estudiaría Economía y para entonces, su madre ya no la acompañaría al ginecólogo.
   Al salir del baño siguió un interrogatorio sobre las irregularidades de su periodo menstrual, si era puntual, si dolía mucho, si no dolía, en cuánto tiempo no le bajaba... A todas las preguntas contestaba su madre, que seguía con la mirada las anotaciones del doctor y entrecerraba los ojos, tratando de descifrar esa “letra de doctor” que no era muy lejana de los garabatos que Paola dibujada en la libreta de papel cuando tenía tres años. Paola seguía pensando en César, en la señora del cartel y en el uniforme del colegio.
   Mañana vería a César, haría el examen de Historia y después vendría la universidad, la licenciatura en Economía y quizás un postgrado en uno de esos países donde del novio puede quedarse a dormir en casa de la novia y los padres no se molestan. Aunque para entonces ya no importaría.


Georgina Vanegas
 

       

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