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Estudiante de lenguas modernas. Participó en el V Festival Internacional de Poesía de El Salvador.

Blog: Telúrica y magnética


I

Una guerra no se gana con armas sino con almas,
los golpes desfiguran la cara pero no el llanto del dolor,
ni el dolor mismo que arrulla la muerte,
ni la muerte misma que contempla su miedo.
Hay golpes como ese rayo que destroza volcanes,
como esa tempestad de fuego que nos quema el aliento.
Hay golpes como esa voz,
como ese paso,
como esa palabra prohibida que no quisiéramos pronunciar.
Nuestra sangre es miedo.
Nuestra voz, un lamento.
Ayer,
el miedo de esta tierra
era voz y montaña.
La tierra está sola,
sus hijos le han abandonado.
La luna duerme en el lecho de las hojas muertas.
Si no hay tierra prometida,
llévame fuera de este lugar,
Señor.
A un planeta de fuego
para ser parte de ese fuego constante que obedece al tiempo,
al Dios supremo de las guerras.
 

II

Ellos murieron,
suplicando a Dios por un sol nuevo,
rogando al cielo que se detenga el fuego.
Ahora sus huesos son parte de un fuego interminable.
Murió la mañana, el mediodía y la tarde.
Murió el hermano, el padre y el abuelo.
Hombres de huesos sencillos,
padres universales del hombre-bestia.
Hombres simplemente hombres.
Hermanos:
No necesitamos venganza ni piedad.
Sólo una guerra tan grande que destruya la sombra del fuego.
 


III

Señor de las Catástrofes,
tus hijos mienten.
Ese huracán no es más que un dios bufo disfrazado de jade.
Nuestro aliento se confunde con el canto de guerra.
Vienen las bestias a recoger la lluvia,
forman tormentas con su llanto,
y descifran las prédicas de los rayos.
El fuego es el castigo de la noche,
la luna lo es para la madrugada,
las tormentas de fuego lo son para la tierra.
No sabemos cómo detener las derrotas,
negaremos la sangre y nuestras sombras,
negaremos a nuestros ancestros y a los hijos del viento.
Espera Señor,
ésta catástrofe es maldita.
Millones de derrotas son suficientes para éstas almas.
Pecan esas piedras que no saben qué hacer,
dónde ponerse.
Señor, espera
he olvidado mi nombre.
¿Qué acaso es un pecado o la maldición ser de hueso y carne?
 

2007

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SIN TÍTULO
Por qué destruimos nuestras espadas para tener metal caliente
Que hiciera indestructibles nuestros huesos
Por qué al nacer fueron otros los heridos
Sólo laceramos el útero en el parto
Se quedaron encerradas las quejas en el vientre
Sosegaron las culpas

Hay demasiada sangre
El suelo es impoluto
No podrá contener ni absorber la sangre estancada
A dónde irá si el mar se evaporó
Dejándonos la resequedad del aire
Todo ha quedado en seco
La arena consumió los pasos que hacían mi memoria

Ah dolor en bruto
Ah estado febril de la extramaunción después del parto
Los vientres se encogen y duelen como nunca antes
Los padres enterrarán a sus hijos
Pero no servirán ataúdes con laureles
Los niños jugaron a traspasar el escudo de la tormenta

Ningún hombre fue héroe
Todos los padres se quedaron en casa
Nadie abandonó su casa mientras sus hijos
Buscaban quebrarle la cabeza al último suicida
Pero todo después del parto

2006


Herberth Cea

       

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