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?Claudia Sánchez
?Enrique
Soria
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Vanegas
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Vásquez
?Mario
Zetino
AMIGOS DE CASA
TALLER LITERARIO
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Contadora y maestra. Pertenece a la
primera generación del taller de La Casa.
1.
Nació porque falló el anticonceptivo.
De muy joven supo de labios de su madre la historia de las cucharadas, que
una cirquera compró para ella en la farmacia del pueblo, para que no saliera
embarazada demasiado pronto. Lo cierto es que falló, y aquí está tratando de
averiguar el porqué y el para qué.
Había regresado al lado de su esposo con su primogénito de pocos meses. Días
después se instaló un circo en el vecindario. Una mañana cuando regresaba de
la plaza, se encontró con una de las trapecistas, quien al ver al niño le
pidió permiso de cargarlo. La madre accedió, por temor de que, si se lo
negaba, la desconocida le hiciera mal de ojo, cosa común en esos tiempos y
lugares.
Mientras cargaba al niño, la trapecista le dijo:
–Por tener un niño como éste, sería capaz de meterme con su marido. No vaya
a descriarlo saliendo embarazada muy luego.
–Yo no quisiera salir embarazada –contestó la madre.
–Eso es fácil. Deme un bote y cuatro reales y le conseguiré una toma para
cinco meses; cada toma será un año sin embarazo.
Llegaron a la casa, la madre buscó un bote apropiado y entregó el dinero. Al
regresar la joven le explicó:
–Al quinto día de la regla se toma una cucharada en ayunas.
Puntual cumplió la indicación, pero la quinta cucharada no la pudo tomar,
pues con el tiempo el líquido había adquirido mal sabor. Recordando los
ingredientes mencionados por la trapecista, fue a la farmacia, pero el
farmacéutico dijo desconocerlos, y en esos días quién sabía en qué pueblo
andaría el circo.
Este conocimiento le hizo daño: el saber que no fue deseada, sino que nació
porque su madre no se tomó la última cucharada. Aún trata de liberarse del
trauma.
Desde el primer instante fue bautizada como la Negrita, pues ya había una
prima mayor a quien todos llamaban La Negra. Desde pequeña, se hizo experta
en guardar en la memoria todo cuanto escuchaba o veía, sin analizarlo, ni
procesarlo. Simplemente lo almacenaba en orden de llegada. Llegó el momento
de sacarlo, no necesariamente en el mismo orden, para dar cabida a nuevas
experiencias.
Los primeros tres años los vivió con sus padres en la casa de la abuela
materna, en Santo Tomás, al sur de San Salvador. Era el único con todas sus
calles pavimentadas en todo el país, pues sólo tenía una: la carretera que
conduce hacia el oriente del país, y que comunica ciudades y pueblos
cercanos a la costa. Los barrancos a ambos lados de la carretera le valieron
el nombre de Barranquilla.
Según contaba la bisabuela, los barrancos eran recientes. Se formaron con la
erupción de los Cerros Quemados en el centro de lago de Ilopango. Fue tal el
calor que el agua hirvió y se evaporó; los peces murieron salcochados en
medio de emanaciones de azufre. Pasado un tiempo comenzó a llenarse con el
agua de los pocos afluentes y de sus propios nacimientos.
De su infancia guarda recuerdos imprecisos. El más relevante es verse
ayudando a su padre en labores de carpintería. Él, serrucho en mano,
cortando una tabla apoyada sobre una mesa; ella, sentada en el otro extremo
de la tabla, para hacer contrapeso, y más bien para evitar que se pusiera en
otra parte y provocara un accidente.
Otro recuerdo que le inquietó durante muchos años fue verse frente a unas
casas sumergidas en el agua, de las cuales sobresalía una parte, aunque no
era el techo, y en alto, a lo lejos, unas luces sobre las casas. Tenía más
de veinte años cuando un sábado de gloria fue al balneario de Asino, en el
lago de Ilopango. Ya había oscurecido cuando llegaron. Cerca de la orilla
sobresalían del agua parte de antiguas construcciones de concreto. Levantó
la vista y a lo lejos vio luces de casas y vehículos que pasaban por la
carretera. El lunes, cuando volvió a casa. lo comentó con su madre, quien
dijo:
–No es posible que lo recuerdes; tenías dos años cuando fuimos con Papá
Ramón.
Después de eso recuerda cómo vendieron sus pocos inmuebles y se trasladaron
a la capital; el padre, según dijo, no quería que sus hijos tuvieran
mentalidad pueblerina. Al inicio vivieron en apartamentos, y luego en
cuartos de mesón, en los barrios de El Calvario y San Jacinto. La madre
cuidaba de sus hijos en casa, y él trabajaba en la construcción, en calidad
de carpintero de artesón.
9.
Reprobó el tercer grado, en parte por su vagancia, en parte porque se le
inflamó el apéndice. Debería repetirlo, y buscaron una escuela próxima a la
casa, que permitiera mantenerla controlada. Asistía mañana y tarde.
Una mañana, en clases, le volvió el dolor de estómago. La directora,
siguiendo indicaciones, le dio una taza de agua caliente con miel de abejas.
La enviaron a casa cuando se le calmó el dolor.
Madre e hija mañanearon al otro día hacia el hospital; había que extirparle
el apéndice. Ingresó en el Hospital General. A pesar de tener únicamente
diez años, fue instalada en el 6º Cirugía Mujeres.
Uno, a lo sumo dos días, pasó como pollo comprado; luego tomó posesión del
hospital Rosales, que recorría a su antojo. No quedó rincón sin que lo
visitara por lo menos una vez.
Llegaba a la sala de pediatría, especialmente por dos niños: una niñita con
un hoyo del tamaño de una moneda de cinco centavos, de las antiguas, y una
profundidad de medio centímetro, producto de una inyección mal aplicada; un
varoncito con una hernia de no sé qué, al que cuando lloraba se le
inflamaban los testículos, formando una vejiga azul. Tenía puntería para
llegar cuando el bichito lloraba.
En sus diarios recorridos visitaba las parturientas, en el área de
maternidad, para ver a los tiernitos en sus cunas plásticas; los salones de
ortopedia, con los pacientes amarrados a sus camas y las piernas colgando
del techo; a los de pieles rojas y a las escamosas de dermatología, así como
a los tuberculosos de la 4ta., con quienes conversaba sin ningún temor de
contagiarse con sus males.
Ni los muertos se le escaparon. Llegaba a la morgue y el encargado le
permitía abrir los ataúdes para ver los cadáveres, de los que siempre hacía
un comentario. Hasta que un día en que, al levantar la tapa, el putrefacto
hedor del cáncer la hizo soltarla y salir corriendo hasta detenerse en la
cancha de básketbol, usada por los estudiantes de medicina. Santo remedio:
ya no perturbó la paz de los muertos, aunque el empleado le invitaba a
verlos cuando pasaba en sus giras.
–Negrita, hay muertos nuevos, ¿No vas a verlos?
–Esos sus muertos mucho hieden –respondía.
El olor le quedó penetrado. Aún lo guarda e identifica inmediatamente.
Recuerda el día en que, cama de por medio, se murió una viejita atropellada
por un bus. Las enfermeras y los pacientes que podían levantarse le rezaron
a la par de la cama. Luego, en calidad de metiche, acompañó a la enfermera a
ir a traer la lechuza, camilla en que se llevaban los cadáveres a la morgue.
Corrió empujándola por aquellos corredores hasta llegar a la cama de la
difunta. Al regreso ya cargada, la enfermera no le permitió empujarla, por
temor de que la botara y la pobre viejita se golpeara más de lo que ya
estaba.
Su tratamiento fue largo. No porque se tratara de una enfermedad grave;
cuando el médico pasaba consulta, casi siempre andaba vagando. Él anotaba:
la paciente no se encuentra en su cama.
Por las mañanas, y con la anuencia del jardinero, cortaba flores para el
escritorio de la enfermera jefe, una bola de cristal en la que se colocaban
las flores. Se llenaba de agua, se tapaba y se colocaba apoyada sobre la
tapadera. La negrita disfrutaba viendo las flores colocadas dentro de aquel
florero, antes desconocido para ella.
Trabajos y recursos costó prepararla para la operación. No podían tomarle
las radiografías; en la mañanita le daban a beber un líquido blanco y
espeso, con sabor a yeso, y comía algo para que se le quitara el mal sabor
mientras llegaba la hora del desayuno. Cuando leían la radiografía, al notar
el estómago lleno, le preguntaban:
–¿Comiste, mamita?
Ante su respuesta afirmativa, la enviaban de regreso a su cama. Después de
varios intentos la sentenciaron:
–Si mañana comés, aquí delante de toda la gente te vamos a poner una
lavativa.
Poco faltó a la enfermera amarrarla con una pita, pero la mantuvo a su lado
hasta el momento de llevarla a Rayos X.
Más de un mes permaneció hospitalizada. Como la comida era de mala calidad,
permitían a los familiares llevar alimentos a los pacientes. Su madre
parecía Caperucita Roja: diariamente le llevaba una cesta con almuerzo, cena
y desayuno del siguiente día, que se comía además de la fea comida
hospitalaria.
Cuando por fin programaron la operación, pidieron a su madre que les ayudara
a cuidarla, para evitar que comiera, y le permitieron dormir en la cama
contigua. Le daban hielo para mojarle los labios; pero aun estando amarrada
se lo arrebató y tragó. Sustituyeron el hielo por algodón mojado. Al tercer
o cuarto día comenzó a darle cucharaditas de té negro, que aborreció durante
mucho tiempo.
Antes de salir del hospital el médico dio instrucciones a su madre para que
le hiciera unas fajas de manta, que debería usar por lo menos durante un
año, para evitar que por se le abriera la operación. Lo acató al pie de la
letra: todas las mañanas le apretaba la barriga con la faja.
La faja no fue obstáculo para sus travesuras y chiverías. En más de una
ocasión, a pedradas y al grito de “Muchachita, bajate, que se te puede abrir
la operación”, su madre la obligó a descender de más de un árbol.
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Judith Barrientos
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