Judith Barrientos
?Sandra Aguilar
?William Alfaro
?Moris Aldana
?
Teresa Andrade
?Judith Barrientos
?Renato Buezo
?
Salvador Canjura

?Nathaly Castillo
?Herberth Cea
?Gerardo Chávez
?Ana Escoto
?René Figueroa
?Samia Gabriel
?Carlos Guardado
?Nancy Gutiérrez
?Roger Guzmán
?Luis Hernández
?Ricardo Hernández
?Lorena Juárez
?Yuleana Juárez
?Claudio López
?
Krisma Mancía

?Roxana Meléndez
?Rafael Menjívar Ochoa
?Vanessa Núñez Hándal
?Nelson Ochoa
?Vilma Osorio
?Denise Phé Funchal
?Loida Pineda
?Tania Pleitez
?Alberto Quiñónez
?Claudia Sánchez
?Enrique Soria
?Georgina Vanegas
?Santiago Vásquez
?Mario Zetino

AMIGOS DE CASA

TALLER LITERARIO

PÁGINA PRINCIPAL


Contadora y maestra. Pertenece a la primera generación del taller de La Casa.

 

1.
Nació porque falló el anticonceptivo.
De muy joven supo de labios de su madre la historia de las cucharadas, que una cirquera compró para ella en la farmacia del pueblo, para que no saliera embarazada demasiado pronto. Lo cierto es que falló, y aquí está tratando de averiguar el porqué y el para qué.
Había regresado al lado de su esposo con su primogénito de pocos meses. Días después se instaló un circo en el vecindario. Una mañana cuando regresaba de la plaza, se encontró con una de las trapecistas, quien al ver al niño le pidió permiso de cargarlo. La madre accedió, por temor de que, si se lo negaba, la desconocida le hiciera mal de ojo, cosa común en esos tiempos y lugares.
Mientras cargaba al niño, la trapecista le dijo:
–Por tener un niño como éste, sería capaz de meterme con su marido. No vaya a descriarlo saliendo embarazada muy luego.
–Yo no quisiera salir embarazada –contestó la madre.
–Eso es fácil. Deme un bote y cuatro reales y le conseguiré una toma para cinco meses; cada toma será un año sin embarazo.
Llegaron a la casa, la madre buscó un bote apropiado y entregó el dinero. Al regresar la joven le explicó:
–Al quinto día de la regla se toma una cucharada en ayunas.
Puntual cumplió la indicación, pero la quinta cucharada no la pudo tomar, pues con el tiempo el líquido había adquirido mal sabor. Recordando los ingredientes mencionados por la trapecista, fue a la farmacia, pero el farmacéutico dijo desconocerlos, y en esos días quién sabía en qué pueblo andaría el circo.
Este conocimiento le hizo daño: el saber que no fue deseada, sino que nació porque su madre no se tomó la última cucharada. Aún trata de liberarse del trauma.
Desde el primer instante fue bautizada como la Negrita, pues ya había una prima mayor a quien todos llamaban La Negra. Desde pequeña, se hizo experta en guardar en la memoria todo cuanto escuchaba o veía, sin analizarlo, ni procesarlo. Simplemente lo almacenaba en orden de llegada. Llegó el momento de sacarlo, no necesariamente en el mismo orden, para dar cabida a nuevas experiencias.
Los primeros tres años los vivió con sus padres en la casa de la abuela materna, en Santo Tomás, al sur de San Salvador. Era el único con todas sus calles pavimentadas en todo el país, pues sólo tenía una: la carretera que conduce hacia el oriente del país, y que comunica ciudades y pueblos cercanos a la costa. Los barrancos a ambos lados de la carretera le valieron el nombre de Barranquilla.
Según contaba la bisabuela, los barrancos eran recientes. Se formaron con la erupción de los Cerros Quemados en el centro de lago de Ilopango. Fue tal el calor que el agua hirvió y se evaporó; los peces murieron salcochados en medio de emanaciones de azufre. Pasado un tiempo comenzó a llenarse con el agua de los pocos afluentes y de sus propios nacimientos.
De su infancia guarda recuerdos imprecisos. El más relevante es verse ayudando a su padre en labores de carpintería. Él, serrucho en mano, cortando una tabla apoyada sobre una mesa; ella, sentada en el otro extremo de la tabla, para hacer contrapeso, y más bien para evitar que se pusiera en otra parte y provocara un accidente.
Otro recuerdo que le inquietó durante muchos años fue verse frente a unas casas sumergidas en el agua, de las cuales sobresalía una parte, aunque no era el techo, y en alto, a lo lejos, unas luces sobre las casas. Tenía más de veinte años cuando un sábado de gloria fue al balneario de Asino, en el lago de Ilopango. Ya había oscurecido cuando llegaron. Cerca de la orilla sobresalían del agua parte de antiguas construcciones de concreto. Levantó la vista y a lo lejos vio luces de casas y vehículos que pasaban por la carretera. El lunes, cuando volvió a casa. lo comentó con su madre, quien dijo:
–No es posible que lo recuerdes; tenías dos años cuando fuimos con Papá Ramón.
Después de eso recuerda cómo vendieron sus pocos inmuebles y se trasladaron a la capital; el padre, según dijo, no quería que sus hijos tuvieran mentalidad pueblerina. Al inicio vivieron en apartamentos, y luego en cuartos de mesón, en los barrios de El Calvario y San Jacinto. La madre cuidaba de sus hijos en casa, y él trabajaba en la construcción, en calidad de carpintero de artesón.


9.
Reprobó el tercer grado, en parte por su vagancia, en parte porque se le inflamó el apéndice. Debería repetirlo, y buscaron una escuela próxima a la casa, que permitiera mantenerla controlada. Asistía mañana y tarde.
Una mañana, en clases, le volvió el dolor de estómago. La directora, siguiendo indicaciones, le dio una taza de agua caliente con miel de abejas. La enviaron a casa cuando se le calmó el dolor.
Madre e hija mañanearon al otro día hacia el hospital; había que extirparle el apéndice. Ingresó en el Hospital General. A pesar de tener únicamente diez años, fue instalada en el 6º Cirugía Mujeres.
Uno, a lo sumo dos días, pasó como pollo comprado; luego tomó posesión del hospital Rosales, que recorría a su antojo. No quedó rincón sin que lo visitara por lo menos una vez.
Llegaba a la sala de pediatría, especialmente por dos niños: una niñita con un hoyo del tamaño de una moneda de cinco centavos, de las antiguas, y una profundidad de medio centímetro, producto de una inyección mal aplicada; un varoncito con una hernia de no sé qué, al que cuando lloraba se le inflamaban los testículos, formando una vejiga azul. Tenía puntería para llegar cuando el bichito lloraba.
En sus diarios recorridos visitaba las parturientas, en el área de maternidad, para ver a los tiernitos en sus cunas plásticas; los salones de ortopedia, con los pacientes amarrados a sus camas y las piernas colgando del techo; a los de pieles rojas y a las escamosas de dermatología, así como a los tuberculosos de la 4ta., con quienes conversaba sin ningún temor de contagiarse con sus males.
Ni los muertos se le escaparon. Llegaba a la morgue y el encargado le permitía abrir los ataúdes para ver los cadáveres, de los que siempre hacía un comentario. Hasta que un día en que, al levantar la tapa, el putrefacto hedor del cáncer la hizo soltarla y salir corriendo hasta detenerse en la cancha de básketbol, usada por los estudiantes de medicina. Santo remedio: ya no perturbó la paz de los muertos, aunque el empleado le invitaba a verlos cuando pasaba en sus giras.
–Negrita, hay muertos nuevos, ¿No vas a verlos?
–Esos sus muertos mucho hieden –respondía.
El olor le quedó penetrado. Aún lo guarda e identifica inmediatamente.
Recuerda el día en que, cama de por medio, se murió una viejita atropellada por un bus. Las enfermeras y los pacientes que podían levantarse le rezaron a la par de la cama. Luego, en calidad de metiche, acompañó a la enfermera a ir a traer la lechuza, camilla en que se llevaban los cadáveres a la morgue. Corrió empujándola por aquellos corredores hasta llegar a la cama de la difunta. Al regreso ya cargada, la enfermera no le permitió empujarla, por temor de que la botara y la pobre viejita se golpeara más de lo que ya estaba.
Su tratamiento fue largo. No porque se tratara de una enfermedad grave; cuando el médico pasaba consulta, casi siempre andaba vagando. Él anotaba: la paciente no se encuentra en su cama.
Por las mañanas, y con la anuencia del jardinero, cortaba flores para el escritorio de la enfermera jefe, una bola de cristal en la que se colocaban las flores. Se llenaba de agua, se tapaba y se colocaba apoyada sobre la tapadera. La negrita disfrutaba viendo las flores colocadas dentro de aquel florero, antes desconocido para ella.
Trabajos y recursos costó prepararla para la operación. No podían tomarle las radiografías; en la mañanita le daban a beber un líquido blanco y espeso, con sabor a yeso, y comía algo para que se le quitara el mal sabor mientras llegaba la hora del desayuno. Cuando leían la radiografía, al notar el estómago lleno, le preguntaban:
–¿Comiste, mamita?
Ante su respuesta afirmativa, la enviaban de regreso a su cama. Después de varios intentos la sentenciaron:
–Si mañana comés, aquí delante de toda la gente te vamos a poner una lavativa.
Poco faltó a la enfermera amarrarla con una pita, pero la mantuvo a su lado hasta el momento de llevarla a Rayos X.
Más de un mes permaneció hospitalizada. Como la comida era de mala calidad, permitían a los familiares llevar alimentos a los pacientes. Su madre parecía Caperucita Roja: diariamente le llevaba una cesta con almuerzo, cena y desayuno del siguiente día, que se comía además de la fea comida hospitalaria.
Cuando por fin programaron la operación, pidieron a su madre que les ayudara a cuidarla, para evitar que comiera, y le permitieron dormir en la cama contigua. Le daban hielo para mojarle los labios; pero aun estando amarrada se lo arrebató y tragó. Sustituyeron el hielo por algodón mojado. Al tercer o cuarto día comenzó a darle cucharaditas de té negro, que aborreció durante mucho tiempo.
Antes de salir del hospital el médico dio instrucciones a su madre para que le hiciera unas fajas de manta, que debería usar por lo menos durante un año, para evitar que por se le abriera la operación. Lo acató al pie de la letra: todas las mañanas le apretaba la barriga con la faja.
La faja no fue obstáculo para sus travesuras y chiverías. En más de una ocasión, a pedradas y al grito de “Muchachita, bajate, que se te puede abrir la operación”, su madre la obligó a descender de más de un árbol.


Judith Barrientos
 

       

Web Hosting provisto por ColegioWeb.Com
La Clase más brillante en Internet