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AMIGOS DE CASA

TALLER LITERARIO

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Maestra. Asesora pedagógica del Ministerio de Educación. Pertenece a la primera generación del taller de La Casa.

Blog: Metamorfosis y lunas

 

Uno

Uno no quiere matarse todos los días; es sólo que hay días en que uno sólo quiere morir.
Uno espera a la muerte, se para frente a la ventana del séptimo piso y espera que llegue, pero uno es impaciente, y como ella no llega, abre la ventana. Se para en la cornisa, agita los brazos y la llama, pero ella no escucha. Los que caminan por la calle sí.
Ellos se asustan y creen que uno esta loco. No entienden que hoy es un día en que uno solo quiere morir.


Dos

Dicen que dos inviernos han pasado. No lo sé, quizá sí.
En este lugar no se escuchan los sonidos de allá afuera. En este lugar lo único que se escucha son las voces que ya no caben en la cabeza.
Dos veces, durante dos inviernos, he intentado dejarlas aquí y volar sin ellas. Nunca he llegado más allá de los cuatro metros cuadrados de mi habitación.


Tres

Tres lágrimas. Tres lágrimas son todo lo que me queda de hace dos inviernos. Debo guardarlas para cuando salga de aquí.
Aún huelen a sal. Aún pertenecen al mundo de afuera. Lo sé porque las de aquí sólo huelen a metal.


Cuatro

Son ya cuatro noches en que no puedo dormir.
Todas esas noches cuatro o seis gatos maúllan, corren y hacen fiesta en el techo.
Los escucho y trato de saber de qué hablan. Lorena me dice que hablan de sus vidas pasadas. Ellos tienen siete, me asegura, y los de nuestro techo van por la tercera. Los envidio.


Cinco

Cinco minutos, cinco años, cinco meses. Ya no tengo conciencia del tiempo.
Uno se para sólo cinco segundos en la cornisa del séptimo piso y ellos creen que uno esta loco.
Uno quiere volar sólo cinco minutos. Quiere hablar con las voces de su cabeza sólo cinco minutos, y ellos creen que uno esta loco.
Uno guarda tres lágrimas en una cajita de música, y ellos creen que esas lágrimas no existen.
Uno no cierra los ojos durante cuatro noches y ellos creen que uno no está mal.
Uno envidia a los gatos, y ellos creen que uno no va a mejorar
Uno no quiso matarse un día; es sólo que un día uno quiso morir.

2007

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VIII
Hace quince años que no salgo de este lugar.
Hace quince años las paredes eran rosa, las cortinas eran blancas, la cama era de espuma, las sábanas siempre estaban limpias, la puerta siempre estaba abierta.
Hoy, en este lugar las paredes son grises; sobre ellas se escribe, se cuentan los días, contra ellas se estrellan los puños inútiles, la boca sedienta, las manos que cuentan los temores nocturnos.
En este lugar no existen ventanas. La espuma no viene. La cama es una armazón maltrecha por el uso de muchos cuerpos. Las sábanas huelen a muerte, a deseos frustrados, a sueños de nunca esperar.
En este lugar la puerta es de rejas y, como en el circo, se exhibe una colección de animales difíciles de tratar.
“Cuidado y peligro” son las palabras favoritas de quien nos recuerda que no debemos soñar. Cuando alguien le ignora, se cuela en las noches, abre la reja de la insolente, se adentra en la cama, golpea y sacude los sueños. Escupe sobre la piel y su baba negra oculta los rastros del color de los sueños.
Insultos y llantos le confirman que ha cumplido su objetivo. Se ha ganado algunos rasguños, pero no importa. Disfruta del miedo de las mujeres.
Su joven escolta le mira asombrado, le admira y apunta en el pecho de quien ose hablar. Pasados unos minutos, antes de la media noche, como en todos los cuentos, este capítulo debe terminar.
Caminan con prisa, cierran la puerta y esto nunca pasó.


A nuestros cuatro metros cuadrados “El Capitán” nunca viene. Sabe que desde hace cinco años decidimos no volver a soñar, después de aquel día, cuando Rubí murió.
Durante cuatro meses habíamos planeado la huida. Las voluntades compradas harían todo más fácil. El precio fue alto; el alma fue lo único que nos quedó sin vender.
Nada importaba, porque estábamos seguras de que afuera la vida nos esperaba dispuesta a dejarse vivir. Nada fue así.
Lo recuerdo hoy, porque mañana se cumplirán quince años desde que nos conocimos. Éramos cuatro inocentes. Pensará usted que eso dicen todas, pero en nuestro caso fue verdad. Podría jurarlo.
La verdad es que no me importa que me crea o no; ha venido hasta aquí no sé para qué. Que lo envía mi padre, ya sé, eso fue lo que me dijo, pero entienda que es difícil creer que me busque cuando hace mucho que morí para él.
Jamás ha venido nadie a visitarme. Tuve unos hermanos y, sí, podría decirse que tuve una familia como toda la gente. Pero él les ordenó enterrarme, y así lo hicieron.
¿Por qué viene ahora? ¿No lo sabe?
No se angustie. No voy a matarlo por eso.
¿Que si le puedo contar la fuga? Supongo que sí.
Fue un domingo. Elegimos ese día porque a muchas les vienen a visitar, y en esos días la vida de fuera se cuela entre estos muros con todos sus males. Conseguimos todo lo que necesitábamos: ropa, dinero, lámparas, armas y lo que pudiera ayudar.
Yo sé disparar; papá me enseñó. Algún día lo necesitarás, me había dicho siempre, y ya ve usted, lo necesité. Ésa fue la razón por la que vine. Los maté, dicen. El arma en mis manos no puede mentir.


Deja de hablar y esconde su rostro entre las manos.
Lo siento, dice, primero he de contarle lo de la fuga.
Inspira, limpia sus ojos y la voz regresa sin quebrantos.
Como ya le dije, era domingo. Esperamos la noche, fingimos dormir como todas y engañamos a los guardias.
Rubí jugueteaba con “El Capitán”. Ése era su papel esa noche. Le había pedido que la llevara a su cama. Él aceptó.
Bebió todo lo que ella puso en su boca, y despertó cuando todo había terminado.
Rubí tenía las llaves, abrió nuestra puerta, y presurosas pasamos por entre las celdas. Sabíamos que a esa hora los guardias saciaban su sed de vampiros, y no sería difícil llegar hasta el portón que da al patio. El vigía del norte apagó su linterna. Bastante había probado de todas, y ahora le tocaba dejarnos pasar. Corrimos unos diez metros hasta la cocina, pues ahí estaba la puerta que nos daría la libertad. Con las llaves en nuestras manos, y la complicidad del guardia de turno, cada vez nuestro sueño estaba más cerca. Todo estaba listo.
Pero al llegar a la cocina, cuando Rubí abrió la puerta, un gritó de espanto nos cubrió; el guardia era otro, y al vernos disparó contra Rubí.
La vi caer. Sin pensarlo disparé contra el guardia. Marqué su frente y su pecho. Murió en el instante. La alarma sonó.
En segundos la cocina hirvió de guardias; Rubí agonizaba. Golpearon nuestras cabezas, nos ordenaron tirarnos al piso.
Con las manos en la espalda permanecimos por horas, y otra vez volvimos a nuestro hogar. Más custodiadas que nadie, más condenadas que nunca, en especial yo, que fui asesina.
Hasta ese día supe que la muerte tiene cara de flor y se va deshojando hasta que ya no queda más que el aliento de una vida que fue.


El relato se detiene; se aplaude, sonríe sin ganas y me pregunta:
¿Qué le pasa a mi padre?
¿Por qué necesita desenterrar muertos?
Le miro y creo observar rencor en sus ojos, pero también hay tristeza. No la entiendo.
Se ha dado cuenta de que la observo y continúa con sus preguntas:
¿Por qué me mira de esa forma?
¿Cree que estoy loca?
No sé que decir y ella responde por mí.
No, quince años son muchos, dice, pero no suficientes para hacerme enloquecer.
Mi padre debe ser el que enloqueció. Su mundo debe estar por acabarse, o será que empieza a sentirse viejo.
Hace conjeturas, y me interroga.
¿Y mis hermanos?
¿Qué sabe de ellos?
Le digo que viven en el extranjero y son respetables abogados.
Hace una mueca de incredulidad y dice para sí:
Ahora entiendo. Mi padre esta solo. Sólo espero que no me culpe. Suficientes culpas cargo ya.
Le pido que me hable de ellas. Me mira con indiferencia y dice:
Usted quiere ayudarme, quiere que le cuente mi caso con detalles.
Le confirmo lo que dice y ríe a carcajadas. Después de unos segundos se controla y me dice:
Para usted mi historia es sólo un caso. Para mí es todo sobre mi vida.
Su rostro se contrae y sus negros ojos palidecen. Cierra los puños.
Me disculpo, pero no acepta mis disculpas. No se las cree, dice, y me recuerda que no debo mentir. Cosas de ética, ¿no?, dice y se reanima.
Aprovecho su disposición y le pido que no me mienta.
El silencio ocupa nuestros espacios. Juega con sus manos y yo busco objetos en el portafolio. Coloco sobre la mesa bolígrafos, papeles, libros, una grabadora y un pequeño casete. Todo está cuidadosamente ordenado. Pido permiso para grabar su voz. Me lo concede.
Reviso la grabadora. Al parecer funciona bien. Trato de ocultar mi ansiedad, pero gruesas gotas de sudor resbalan por mis mejillas. Ella descubre que éste es mi primer caso.


Mis ojos sobre él lo aturden más de lo normal. Empieza a jugar con los botones del saco. Abrocha, desabrocha y busca objetos que tiene frente a sí. Decido dejar de mirarlo, pues es evidente que esta estrenándose.
Supongo que es un buen chico. Sabe escuchar, y en este lugar son pocos los que escuchan. Y después de quince años te cansas de hablar con la pared, así que decido dejarme guiar por sus preguntas.
Pero antes de responder quiero saber más sobre él y le pregunto si puede contestarme algunas preguntas sobre su vida. Dice que sí y entonces inicio.
Entre pregunta y pregunta descubro que se llama Alfonso, que no tiene hermanos, pero que tiene una madre orgullosa de él; que ser abogado siempre fue su sueño, que conoció a mi padre en la Asamblea y que cree que mi padre es uno de los mejores diputados.
Descubro también que no le gusta la política, pero que no vacila en teñirse de algún color si esto le asegura un trabajo. Es duro, dice, ser un profesional sin trabajo.
Mi padre, es un hombre intachable, correcto y leal con el pueblo; me lo asegura.
Me habla de un padre que creí tener, pero no es así. Él se engaña hoy, como yo hace quince años. Pero bien. Todos tienen derecho de inventarse verdades.
Sonrío y le agradezco sus respuestas.
Ahora puede empezar, le aseguro.
Y ante su pregunta:
¿Qué hizo el cinco de noviembre de 1989?
Respondo:
Amanecí con ganas de morir o matar. Esas dos ideas rodaban en mi cabeza; era normal para alguien que había sido diagnosticada con crisis depresiva y amenaza de suicidio.
El psicólogo del colegio le había advertido a mi padre que no debía dejarme sola. Me encerré en el baño y pensé en ahogarme en la tina, pero no lo hice; le temía tanto a la muerte que huí de ella.
Me vi en el espejo y recordé lo joven que era y lo estúpida que sería si llegaba a matarme. Me vestí dispuesta a cambiar mi rostro gris por uno azul. Mi padre tocó tres veces y entró. Me encontró repuesta, dijo, y me ofreció alejarme del país. Quería que fuera abogada, pero dadas las circunstancias me dejaba elegir mi destino, que si aún persistía mi idea de ser pintora, que adelante, en el país que yo quisiera. Acepté.
Mi padre nunca había sido condescendiente, pero ahora era diferente. No quería perderme, afirmaba.
Siempre quise estudiar en Francia, así que al amanecer saldría rumbo a París. Mi padre haría algunas llamadas y todo estaría bien. Acepté todos sus términos. Sólo le pedí un par de horas fuera de casa, para despedirme de los amigos, le dije.
Subí al carro. Manejé durante una hora, sin pensar en nada. Llegué al lugar de siempre. El portero abrió con confianza y complicidad, pues mis visitas al apartamento veintitrés eran frecuentes, y él sabia que Alex y yo hacíamos algo más que conversar.
Me saludó y dijo que le extrañaba que yo llegará tan temprano. No estaba seguro de que Alex estuviera en casa. Le dije que precisamente Alex no estaría en casa, y que yo tenía que recoger algunas cosas, pero había olvidado mi llave. Amablemente me prestó la suya. Estacione el carro y camine despacio. Estaba segura de no encontrarlo, y no sabía qué pasaría si lo tuviera frente a mi.
Los colores se revolvieron en mi mente. Pensé en rojo, en púrpura, en gris, en blanco… y entre el rencor, el odio, el amor y el dolor abrí la puerta. Un grito se atoró en mi garganta. En medio de la sala se encontraban los cuerpos semidesnudos de Estrella (mi mejor amiga) y Alex, mi… Usted entiende.


Vuelve a jugar con sus manos, y es evidente que después de quince años aún recuerda ese día como si hubiera sido ayer.
Hago una pausa en la grabación y le explico que debe decir todo con claridad.
Mueve su cabeza en señal de afirmación. Respira profundamente y me pide disculpas. Le digo que todo está bien y continuamos.
Encontré a Estrella y a Alex, mi novio, semidesnudos en el piso de la sala. Estaban sangrando y cerca de sus cuerpos había un pistola. La tome entre las manos, toqué sus cuerpos fríos y lloré sobre ellos, los llame a gritos, los sacudí para que volvieran, pero sólo sirvió para que los vecinos vinieran a ver lo ocurrido y llamaran a la policía. Recordaban la escena de tres días antes, cuando yo le había jurado a Alex que lo mataría.
Cuando la policía llegó, yo estaba ahí, en el lugar equivocado, a la hora menos indicada, con los motivos justos para ser culpable.
La policía me arrestó, leyó mis derechos, eso dicen ellos, y no los escuché.
Me permitieron una llamada y mi padre en segundos llegó a la delegación. Me pidió no decir nada hasta que llegará mi abogado; ya estaba en camino. El padre de Alex llegó antes que él. Mi padre le conocía y, al verle, se sorprendió; no sabia que Alex fuera su hijo.
El Presidente de la Honorable Asamblea me acusó formalmente. El abogado de mi padre llegó y se enteró, le dijo que todas las pruebas indicaban que era yo la asesina y que era muy poco lo que se podía hacer por mí, pero que debía hacer algo por él; su nombre estaría en peligro. Mi padre me abrazó con fuerza y la policía interrumpió el abrazo.
Me detuvieron en vías de investigación, dijeron ellos. Los días pasaron y mi padre no pudo evitar la nota en los periódicos: “Crimen pasional”, encabezaron la nota, y mi padre recibió cientos de llamadas que le pedían declaraciones. Su nombre se tambaleo y el mío cayó.
Entonces mi padre, un hombre sensato, declaró que yo no era consciente de mis actos. Explicó mejor que el psiquiatra mi estado e insinuó que pude estar bajo efectos de droga. Él sabía que mentía, pero en su profesión mentir es un arte, y él era un artista.
Esa misma tarde; después de hacer las declaraciones llegó a la delegación y me explicó lo que hizo. Me exigió contarle la verdad, no sin antes recordarme que había tirado mi vida a la basura. Le dije lo sucedido, y no lo creyó. Me conocía, dijo, y sabía que con rabia en la sangre yo era capaz de todo, hasta de dejarme morir. Le miré con tristeza, pero no entendió la mirada.
Insistió en que alegara locura transitoria. Compraría psiquiatras si había necesidad.
Mis ojos no creían lo que estaba pasando frente a ellos y se deshicieron en sal. Sus impenetrables ojos se dejaron mirar y, después de un largo silencio, su voz grave dijo:
No lo vas a aceptar.
No, reafirmé con la cabeza.
Tú lo quisiste así, dijo. Que te juzgue la ley.
Se llevó a su abogado y desde ese día no volvió.


Además de la grabación, he tomado notas de todo lo que me ha dicho y, cuando cierro la libreta, dice:
Ahora entiende usted mi asombro.
Le digo que la entiendo, pero le pido un poco más de colaboración y le solicito detalles del juicio. Ella prosigue la historia:
El juicio fue breve, Las pruebas indicaban que yo era culpable.
Si mi madre viviera, moriría otra vez, decían mis primas. Lo leí en los periódicos.
Morir, morir, quise yo. Cuando me acusaron de sus muertes, yo sólo fui al apartamento veintitrés con la ganas de romper en cristales la historia de un tiempo que ya no existía. Pensaba borrar la tinta del cuerpo, deshacer en el agua las imágenes vanas, quemar los colores de las risas guardadas entre las paredes. Pero ya ve usted: no pude hacer nada. Ya alguien había hecho todo eso por mí.
Y, más aún, me habían entregado unas vidas que nunca pedí.
No lo niego, sí pensé en matarlos, pero no lo hice.
Mientras habla, su rostro cambia de colores, sus manos se enredan en el cabello, sus pies marchan sin ir a ningún lugar. Es difícil para ella proseguir. Le digo que podemos terminar, que volveré mañana.
Me pide con gestos que espere.
Cierra los ojos, juega con sus manos, respira y, con ojos cerrados, prosigue.
Durante el juicio mis hermanos estuvieron conmigo. Lamentaban no ser abogados aún y le suplicaban al abogado de oficio que hiciera algo por mí, pero no había nada que hacer. La sentencia se dictó.
Mi padre prohibió a mis hermanos que vinieran por aquí.
Morí para ellos.
Durante un tiempo creí que un día vendrían, pero después de tres años deje de esperar.
Y entonces mi familia fueron ellas: Rubí, Soledad y Cristal.
Intenta no llorar y se seca presurosa las lágrimas que resbalan por sus mejillas.
Hemos terminado por hoy.
Les explico que pediré una revisión de su caso, que leeré cuidadosamente su expediente. Estoy seguro de que algo habré de encontrar, y la ayudaré a salir.
Escribo, lleno formularios, pego notas sobre el libro de derecho procesal penal y le digo que haré todo lo posible para devolverle la libertad.


Habla muy bien y parece convencido de lo que dice. Me asegura que vendrá cada semana, y que mi padre también lo hará.
No estoy tan segura como él, pero ¿y si hoy, después de quince años, mi padre ha querido desenterrar a los muertos? ¿Qué puedo yo hacer? .
Se muestra entusiasta y me estrecha las manos. Voy a ser libre, me promete.

Guardo silencio y sonrío. Voy a dejar que juegue su juego, total no tengo nada que perder.
Podría ganar un caso. Lo cree en verdad, y parece dispuesto a luchar. Le envidio. Aún tiene algo en qué creer.

 

2005


Nancy Gutiérrez

 

       

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