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Zetino
AMIGOS DE CASA
TALLER LITERARIO
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Ingeniero. Pertenece al taller
de La Casa en Guatemala. Ganó el premio Myrna Mack de cuento en 2006.
Blogs: Cartas de
un elephas a una zarigüeya y
Escritores... a lo mejor
UN INCOMPRENDIDO AMOR DE MAR
I
Después de hacer el amor, se subió el ziper y se lanzó al mar. Se lanzó
igual que un loco sin rumbo, como un coco arrastrado cien veces por la misma
ola, por todas las olas que llegaron por él y que cada vez lo expulsaron de
la intimidad de la espuma, de la verdad de su sal.
Lo encontré tirado a la par del mar, mojado, friolento, apestoso a secretos
marinos que él no sabía, que llevaba encima sin comprender. Abandonado en su
posición de feto recién vomitado, tiritaba convulso, agonizando una vida de
nada. Para mí estas cosas del mar son cercanas, pero para él, que no
comprende, son inciertas, cosas de un sol conciso que se oculta de la noche
gritando algo que este mar se traga, algo que nadie sabe, que ninguno puede
saber.
Las muchachas lo descubrimos desde el muelle, caminamos al igual que todas
las tardes, por esos tablones que no se cansan y entre esos hierros
carcomidos por el viento que cesa hasta el hartazgo. Desde allí todo lo que
salga de este mar, todo lo que llegue a él, es nuestro. Somos las centinelas
de la poca gracia que le queda a nuestras tardes. Somos el faro mismo del
mar.
II
Es un hombre, dijo mi madre cuando lo llevé a casa. Lo dijo con el tono
que le correspondía a papá. Lo llevé, quien sabe cómo. Todas esas calles
arenosas me parecían cuestas escarpadas; cada paso, con el uniforme empapado
y estos zapatos ingratos que se me salen, fue un martirio necesario, una
oscuridad obligada y, cuando los pies me ardían y su vomito apestaba en mi
pecho, oí los murmullos asesinos de la gente, la ignominia de esos
comentarios me hicieron reflexionar. Ahora sé porqué no comprenden; lo
llevan colgado en el pecho, entre la billetera, en un tatuaje de detalles
espantosos, crucificado todos los días, a todas horas. Yo soy tu Cristo, mi
amor. Lo dije para él, para nadie más, y así clavada en la cruz de tu vida
quiero vivir para siempre, sin ningún jamás.
Llevaba el corazón galopando por tierras desconocidas. La mañana me
desesperó con sus clases de ética y sus recreos bullicios. Me dijeron que
estaba como en la Luna: ¿qué otra cosa me pudieron haber dicho? No reaccionó
en toda la noche; por la mañana, le di de beber agua azucarada. Lo agradeció
guturalmente, con un sonido que sólo yo comprendí. Vete, vete, que ya es
tarde, dijo mi madre. Cuando regresé, después de las clases, estaba como en
el mar: abandonado al lado de casa, tiritando de miedo. De su boca salían
desesperados gritos espumosos, que empezaban a formar un charco diminuto,
anhelando ser mar. Maldije a mi madre. Si hubiera podido largarme con él, lo
hubiera hecho, pero las piernas me dolían y el único lugar que tenía era el
muelle.
Intenté levantarlo. Estaba más duro que antes. La gente empezó a hablar.
Papá venía al almuerzo, y cuando vio que todos veían sin hacer nada,
titubeó, pensó en regresar al trabajo, abandonar a su única hija en toda esa
marea enloquecida, que no pensaba atribuirse. Pero el despecho y el amor que
aún me tiene lo llevaron hasta mí, hasta él, hasta nosotros.
III
Esa tarde no salí. Las muchachas llegaron a buscarme, pero mi madre
estaba insoportable gritándole a papá. No me dirigió la palabra, y ese vago,
por Dios, no se levanta de la cama ni para orinar, portazo, y a contarle a
todo el mundo lo sucedido. Todo se calmó durante un tiempo. Entrada la
noche, mi madre regresó, pero para ese entonces ya habían pasado algunas
cosas. Le platiqué sentada en una silla, me escuchó como lo hace el mar.
Luego me senté en la cama. Poco a poco me fui acercando, hasta que de pronto
mi mano lo acariciaba en el rostro y, jugando con su cabello indecible, se
fue quedando dormido. Me acosté a su lado, qué maravilloso. No sé por qué
papá estaba tan tranquilo mientras su hija yacía con un hombre en la cama.
Luego, el martirio de mamá.
IV
Amanecimos rodeados de mercado. No había escuela. Papá no fue a
trabajar. Mi madre hizo las compras. El resto de la mañana lo ocupó en
cederle mi historia a un pueblo bulliciosos, que venía a instalarse cada
semana frente a nuestra casa. Esa mañana aproveché para darle un baño. Al
principio se resistió con esa dureza de mangle que le caracterizaba;
después, cuando lo acaricié, se fue relajando, hasta quedar aguadito. Papá
me ayudó con el agua mientras yo le quitaba el jabón, y cuando fue por una
toalla, le acaricié otras cosas. Me miró, como cuando le contaba cosas desde
la silla, con una sonrisa que terminó clavándome a su cruz. Papá nos prestó
un pantalón pachuco, una guayabera veracruzana y los mocasines que siempre
usaba en esos días. Con esto me arriesgo, dijo. Yo lo sabía y esperaba lo
peor. Cuando mi madre regresó, lo sucedido prorrumpió en sorpresa. Le cocinó
unas hierbas, unas papas cocidas con queso seco y una limonada enorme como
para naufragar en un desierto. Cantando reproches, andaba feliz por la casa,
que cómo era posible que no lo hubiéramos atendido, que se miraba guapísimo
con ese atuendo, que sólo le hacía falta caminar. Yo conocía a mi madre. No
me ilusioné. La cosa no era para eso y, por no quedar mal, también sonreía
con la misma expresión de papá, por compromiso, porque aquí hay gato
encerrado, papá me lo dijo al oído en un descuido de mi madre. Me ayudó a
llevarlo al comedor. Los cuatro juntos parecíamos una familia. Yo le daba de
comer y él movía sus manitas sin poder levantar los brazos. Era feliz. Comió
atragantándose. A ratos se le salía la comida. Reíamos. Un enorme sorbo
cítrico, dos cucharadas más. Reíamos papá y yo; el rostro de mi madre fue
tornándose indeciso, perdido, parco. Vomitó. Era la segunda vez que me
vomitaba. Ninguna de las dos me molestó, y ésta la sentí parte de una rutina
agradable, familiar, no te preocupes mi amor. El rostro de mi madre, pensé.
Mientras le limpiaba el vómito, dirigió la mirada hacia ella. Fue la primera
vez que lo vi llorar. El rostro de la señora, embrutecido de cólera, gritó
improperios que desmoronaron lo poco que habíamos construido.
El resto de ese día volvió a ser un martirio. Mi madre, presa de sus
improperios, no cesó. Papá y yo lo llevamos al baño, lo limpiamos, nos
limpiamos, de regreso a la cama, cómo la has de odiar. Por la noche oí los
gritos de mi madre; imaginé a papá con la almohada sobre la cabeza. Mi
cuarto estaba con llave. A ella se le ocurren tantas cosas, y entre muchas
de ésas estaba ésta. Cuando cumplí catorce, un muchacho de la escuela me
pretendía. Estaba en último grado, y yo apenas era una chiquilla; pero en el
mar esto del amor se da temprano. A mí también me gustaba todo lo de esos
días: las tardes en el muelle, sus manos morenas, una vez fueron mis
piernas, otra mis pechos. Y como aquí hay gente a la que le encanta contarle
las cosas a la persona menos indicada, mi madre se enteró. Luego los
encierros, así que me vi forzada a sacar una copia de la llave; nunca la
había usado. Esa noche, con la casa en calma, salí. La puerta del cuarto de
él también estaba cerrada. Por la mañana, cuando papá se levantó, vio a su
hija durmiendo igual que un perro, echada en el piso, pegada a la puerta de
casa, esperando que le permitiera la entrada el amo.
Me llevó de regreso al cuarto. Cinco minutos después pasó con noticias, todo
estaba bien. Mi madre acostumbraba levantarse tarde los domingos, punto a
nuestro favor. Descansé sin dormir. Seguido tomé un baño, y fresca fui por
él. Papá ya había hecho el trabajo, así que me dediqué a disfrutarlo. Estaba
mucho más tranquilo de cómo terminó la tarde. Me sonreía y, con sus manitas
como atadas al cuerpo, me hizo señas. Quiso que le cambiara la camisa. La
guayabera, ahora, estaba mojada, así que le conseguí una camisa cualquiera,
un pantalón recto y los mocasines negros. Cuando llegué al cuarto con la
ropa sugirió, con saltitos impulsados desde su espalda y sonidos guturales,
un baño tan minucioso como el anterior. Mi madre amaneció enferma, los
nervios y no sé que otras cosas. Papá me ayudó de nuevo y, mientras lo
llevaba en brazos, me sugirió un hospital, quizá psiquiátrico, en donde lo
pudieran atender como era debido. No contesté. Él cerro los ojos. A mi madre
fue necesario llevarla al hospital. Aprovechando el viaje, papá averiguaría.
No lo podía creer; todo estaba yéndose al carajo.
V
Entrada la tarde le preparé una sopa. Comimos del mismo plato. Yo
pensaba en todo esto y no cabía en ninguna parte la idea de que todo se
fuera a terminar. Lo mismo hubiera dado vivir en la banca de un parque, lo
mismo estar en casa. Lo saqué al patio montado en la carretilla de mano de
papá, y allí me bañé. Si yo lo había visto desnudo, él también tenía el
mismo derecho sobre mí. Le encantó, lo sé. Si sus manitas hubiesen tenido un
poco más de libertad, quizá lo hubiese visto masturbarse.
Mis padres tardaron un poco más. En su ausencia, fuimos al muelle. Yo,
vestida con mi falda maya de algodón hilada a mano, listón azul, blusa de
tela como la de las ventanas y unas sandalias de flores. Él, montado en la
carretilla, zapateando alegre, quizá presentía.
Llegamos al muelle cuando los paseantes regresaban al pueblo. Ya no encontré
a las muchachas. Los que estaban eran pescadores a los que no conocía. Lo
senté recostado en la base de mi columna preferida. Se veía majestuoso, con
el Sol a medias, y el fuste oxidado que le salía atrás de la cabeza parecía
una extensión de su columna vertebral, corroída hasta el tuétano, muriendo
de pie. Me senté en la orilla, mis piernas colgando, las manos muy cerca de
él. Contra la voluntad del destino, sus piernas se movieron con dificultad,
levantaron mi falda, le quité los zapatos, me acarició.
Después de hacer el amor, dificultosamente se subió el zíper y se lanzó al
mar. |
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Renato Buezo
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