| Estudiante de la licenciatura
en educación.
Blog:
Octubre rojo
Ver su video Crisis de fe
en la sección del taller de guiones y video.
La Hora
Un hombre calvo entra a la peluquería. Dice algo que el
barbero no alcanza a escuchar y se sienta en la silla para corte. Se apunta
con el dedo la sien y se dispara.
El cuerpo cae hacia atrás pero sin salirse del asiento.
El barbero, después de contemplar todo aquello con asombro, coloca las
tijeras en el tocador. Mira la hora y dice para sí:
-Cierto, veo que ya es hora del café.
Dinosaurio
-¿Sabes? Las cosas no tenían por qué terminar así –chilló el
niño.
El dinosaurio dejó de moverse y abrió los ojos para contemplarlo. Buscó las
palabras adecuadas pero recordó que no aprendía todavía las palabras de los
hombres. Comenzó a jadear más lento y se murió.
“El finde”
Confieso que este finde traté de volarme los sesos más de
una vez. Sobre todo cuando los oía. Debajo del baúl. Haciendo sus sonidos
raros como cuando tienen hambre y acaban por comerse entre ellos.
Solo quedaba uno. El más grande. No me había dejado dormir el viernes. Sólo
miraba tambalearse el baúl y debajo salían unos chillidos como de niño
tierno. Siempre comenzaba así, con un chillido, y luego, el alarido. Un
grito fuerte que quedaba sordo debajo de las tablas.
El lunes me tiré por la ventana. Lo vi asomarse por una de las rendijas. Era
verde, como me lo imaginé. Ese día anduve vestido de ocre. Por eso creo que
salió debajo de las tablas. No le gusta el ocre.
Pero ya no podía hacerme nada: era de madrugada.
Quedatela
–Te la regalo
–¿A quién?
Y me señaló a la muchacha de negro
–Te la regalo, quedatela
Reí un poco para evitar avergonzarme. Pensé que lo tomaría mal. Pero no.
Creo que estaba harto de ella y esa era una buena excusa para sacudírsela de
encima.
En el estacionamiento dejó que manejara. El camino estaba feo. Era una
Cherokee negra, polarizada hasta las luces. Una vez en la ciudad se metió al
volante y manejó lo más aprisa que pudo hasta llegar al estacionamiento de
la delegación. Era de noche. Del automóvil comenzaba a salir humo blanco
cuando nos detuvimos. Entró y salió tan rápido que no me di cuenta cuando
metió la maleta en la cajuela
–El dinero es hermoso- sonrió
Subimos al auto. Me puse en marcha sin saber a dónde íbamos. Se quitó la
pistola de la pechera y la metió en la guantera. Se puso cómodo, de lado,
como siempre. Encendió otro cigarrillo. No dijo nada hasta que comenzó con
el segundo.
–Mi padre era barbero. Era bueno. Le iba bien, hasta que llegó la
competencia.
–Sabía que cuando se ponía de ese modo era mejor no hablarle
–Les regalaba dulces a los clientes después del corte. Eso era bueno ¿no
crees?
–Claro
Nos detuvimos en una gasolinera cerca del mirador. Ya casi llovía. Todos
esos días habían sido de lluvia fuerte. Sin truenos, pero constante.
La chica de la tienda me atendió muy bien. Tenía unos ojos muy lindos que me
recodaron a Alcira o Beatriz, o como sea que se llamara.
Boris compró otra cajetilla y nos quedamos así, ahí, mirando el panorama. A
Boris le encantaba ese lugar. A lo mejor y se mataba ahí. Siempre soñaba con
hacerlo. Era algo que tenía presente y quería hacerlo antes de que se le
adelantaran.
–-Pero la clientela le volvió –dijo de pronto
Hice una pregunta estúpida a sabiendas que no debía de hablar:
–¿Qué le pasó a la competencia?
Me hizo una mirada que me hizo sentir todavía más imbécil.
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