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Zetino
AMIGOS DE CASA
TALLER LITERARIO
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Ingeniero en sistemas. Pertenece al
taller de guiones y video, pero aquí se muestra algo de su trabajo
narrativo.
Cinco recuerdos de Firenze
El que más me gusta,
por supuesto, es el recuerdo de tu espalda desnuda que se alejaba hacia el
baño. Tu piel no tenía frío, en cambio la mía buscaba más sábanas.
-Assieme a te non sento
freddo –dijiste.
El segundo recuerdo es el
más viejo, cuando te vi por primera vez en el Palazzo Pitti. Tu cabellera de
color castaño brillaba bajo el cielo opaco del diciembre toscano. Nos
encontramos en las salas de exposición. Yo estaba embobado con Rafaello, y
vos sonreías de soslayo.
El tercer recuerdo es de
la noche de navidad que pasamos juntos. A medianoche, sobre el Ponte Vecchio,
miramos las luces reflejarse en las aguas del fiume Arno. Había un frío
insoportable para mis huesos tropicales. Pero tus labios, en los que rastreé
el chianti que tanto te gustaba, me entregaron el calor de tu sangre en
movimiento. Apenas si nos dimos cuenta del perro que rondaba cerca de
nuestros pies.
-Mi piace un sacco quando
mi baci!
Te gustaban mis besos.
Cuando dormías besaba tu piel blanca y me sorprendía que no despertaras.
-Me gustas mucho –te
susurraba al oído.
Aprendí a amar a Firenze.
Me llevaste a conocer el David. Fuimos al Duomo, y frente a la pintura del
Dante sufrí un estremecimiento. En las catacumbas nos dábamos besos de
adolescentes, ignorando los tesoros de la exposición. Yo te decía muchas
tonterías, las mismas que había dicho tantas veces. Pero vos no entendías
nada.
-Non capisco quando mi
parli in espagnolo, però comunque mi piace!
Comprábamos vino en la
calle de los artesanos, y paseábamos a orillas del Arno. Íbamos a los museos
a visitar a Michelangelo, y salíamos en tren a las ciudades vecinas. No
querías hablar de la separación, pero yo tenía que regresar a casa algún día,
no tenía tiempo ni dinero de sobra. Una vez te entregué un papel con mi
teléfono, pero vos lo tiraste a la basura. No querías saber nada de
despedidas.
-Pero algún día tengo que
marcharme.
No contestaste nada y
saliste a trabajar. Me marché a caminar sin rumbo. En Santa Croce, junto a
un grupo de turistas japoneses, volví a ver al mismo perro que se había
acercado a nosotros la noche de navidad. Era distinto a todos los que había
visto en Firenze, se parecía a los de mi tierra. De pelaje vulgar y cenizo,
no me perdía detalle. Era grande, esquelético y triste. En la Signoria lo
encontré de nuevo, pero nadie más se percató de él. En todo el día no vi a
ningún otro perro callejero.
Regresé muy tarde a tu
casa. Estabas de mejor ánimo. No tardaste en advertir mi agitación. Te dije
que no era nada.
-Estoy un poco triste.
Voy a extrañarte cuando regrese a casa.
Pero vos estabas de buen
humor. Tenías un plan.
-Dai! Lascia quel paese
piccolino e rimane qua con me!
Lo dijiste. Me ofreciste
tu casa y tu vida. Yo traté de disimular mi temor lo mejor que pude. ¿Era
cierto lo que había visto en las calles?
Para estar seguro, salí a
caminar al día siguiente. Frente al Uffizi, cerca de los vendedores de
postales, el perro volvió a presentarse. No ladraba ni mostraba agitación.
Me siguió hasta San Lorenzo, y de ahí hasta Santa Maria Novella. Regresé a
tu casa alterado, temblando de miedo. Aún no habías vuelto. Yo tenía la boca
seca. Bebí una botella de vino y no sentí el menor efecto. Salí a esperarte
a la calle. Vi de nuevo al perro, que me vigilaba desde la esquina.
Regresaste diez minutos
después, y te enojaste conmigo por no usar abrigo en una tarde tan fría. Me
miré los brazos y quedé sorprendido. Hasta entonces no me había dado cuenta.
El clima no me causaba ninguna molestia. Volvimos adentro, pero ya no pude
ocultar mi temor. Como pude te expliqué lo del perro. Cada vez que lo veía
sentía que me explotaba el corazón.
Vos te reíste, me diste un
beso y dijiste que la próxima vez estarías conmigo para espantarlo. No me
abandonaste durante mis siguientes visitas a la ciudad, tampoco cuando salí
a Pisa, Bolonia y Assisi. El perro había desaparecido.
-Es una criatura de mi
tierra. Es el cadejo.
No comprendiste de qué
hablaba. ¿Un qué? Juraste que nunca dejarías de amarme, que me ayudarías a
superar cualquier dificultad, que nunca nos separaríamos. Yo te lo agradecí,
pero te dije que algo andaba mal.
-Ese perro no es el
problema, sino el otro, el negro. Ése es el que me preocupa, el que tiene
alma de diablo.
El cuarto recuerdo más
intenso es el de una noche de enero. Volvíamos de un concierto, al que me
convenciste de asistir. Dijiste que no tenía nada que temer. Pero el corazón
me dio un vuelco cuando vi al otro perro, al que algún día tenía que
enfrentar. Se paseaba debajo de una cabina telefónica, desafiante. Su pelo
era negro, y sus ojos brillaban. Eran de color rojo. Su cabeza era enorme.
Su aliento era como el de la muerte. Te rogué para que al pasar junto a él
no volvieras a verlo. Yo temblaba como un chiquillo. Vos te enojaste.
-Però è solo un brutto
cane!
Él nos seguía, y tu mirada
lo buscaba entre las sombras. Al llegar a la Via del Ponte, el perro
guardaba la distancia. Dijiste que te habías equivocado conmigo, que te
había engañado. Yo te rogaba que no volvieras a verlo. Pero no me prestabas
atención. Era difícil explicar que una maldición cae sobre los que se
atreven a desafiar la mirada del cadejo negro. Perdí la cuenta de las veces
que lo miraste recorrer junto a nosotros las calles, tan frías e inhóspitas
esa noche.
No quisiste dormir conmigo.
Me mandaste a otra habitación y te encerraste bajo llave. Apenas si logré
dormir, y por la mañana, al tocar a tu puerta y no recibir respuesta, pensé
que algo andaba mal. Forcé la entrada y te encontré en el suelo, con una
fiebre muy alta. Te alcé en mis brazos y sufriste una convulsión.
Los médicos dijeron que
enfermaste de pulmonía. Me quedé a tu lado hasta que mejoraste, pero al
recuperar la conciencia, ordenaste a la enfermera que me echara del cuarto y
que no me permitiera regresar.
El recuerdo más doloroso
de Firenze es del día anterior a mi marcha. Luego de un intento más por
visitarte, tu hermana me prohibió el acceso. Me dijo que ya bastante daño te
había hecho, que no debía comunicarme con vos. Yo no dije nada, la dejé
gritar y me marché a una plaza cercana, donde esperé por horas sin decidir
qué debía hacer. Después partí en tren hacia Roma, y tres días más tarde
volé de regreso a mi país.
El último recuerdo es el
de tu silueta en la ventana del cuarto de hospital. Algunas horas después,
me dijo tu madre en su carta, sufriste una recaída. Antes de tu muerte,
alguien debió hablarte de la discusión que tuve con tu hermana, y por eso
saliste de la cama a pesar de que necesitabas reposo. ¿Qué pensaste en ese
momento, cuando me viste en aquella plaza anegada por la lluvia, sin más
compañía que el perro cenizo que me protegió durante el viaje?
Cuando me fui de la plaza,
el perro caminó a mi lado, para evitar que su enemigo intentara aproximarse.
¿Qué habrías pensado si te hubiese dicho que en Roma, mientras visitaba la
Piazza de San Pietro, el Foro y el Colosseo, el cadejo blanco aparecía entre
la multitud para cuidarme de todo infortunio? |
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