Salvador Canjura
?Sandra Aguilar
?William Alfaro
?Moris Aldana
?
Teresa Andrade
?Judith Barrientos
?Renato Buezo
?
Salvador Canjura

?Nathaly Castillo
?Herberth Cea
?Gerardo Chávez
?Ana Escoto
?René Figueroa
?Samia Gabriel
?Carlos Guardado
?Nancy Gutiérrez
?Roger Guzmán
?Luis Hernández
?Ricardo Hernández
?Lorena Juárez
?Yuleana Juárez
?Claudio López
?
Krisma Mancía

?Roxana Meléndez
?Rafael Menjívar Ochoa
?Vanessa Núñez Hándal
?Nelson Ochoa
?Vilma Osorio
?Denise Phé Funchal
?Loida Pineda
?Tania Pleitez
?Alberto Quiñónez
?Claudia Sánchez
?Enrique Soria
?Georgina Vanegas
?Santiago Vásquez
?Mario Zetino

AMIGOS DE CASA

TALLER LITERARIO

PÁGINA PRINCIPAL

Ingeniero en sistemas. Pertenece al taller de guiones y video, pero aquí se muestra algo de su trabajo narrativo.

 

Cinco recuerdos de Firenze

El que más me gusta, por supuesto, es el recuerdo de tu espalda desnuda que se alejaba hacia el baño. Tu piel no tenía frío, en cambio la mía buscaba más sábanas.
      -Assieme a te non sento freddo –dijiste.
      El segundo recuerdo es el más viejo, cuando te vi por primera vez en el Palazzo Pitti. Tu cabellera de color castaño brillaba bajo el cielo opaco del diciembre toscano. Nos encontramos en las salas de exposición. Yo estaba embobado con Rafaello, y vos sonreías de soslayo.
     El tercer recuerdo es de la noche de navidad que pasamos juntos. A medianoche, sobre el Ponte Vecchio, miramos las luces reflejarse en las aguas del fiume Arno. Había un frío insoportable para mis huesos tropicales. Pero tus labios, en los que rastreé el chianti que tanto te gustaba, me entregaron el calor de tu sangre en movimiento. Apenas si nos dimos cuenta del perro que rondaba cerca de nuestros pies.
      -Mi piace un sacco quando mi baci!
      Te gustaban mis besos. Cuando dormías besaba tu piel blanca y me sorprendía que no despertaras.
      -Me gustas mucho –te susurraba al oído.
      Aprendí a amar a Firenze. Me llevaste a conocer el David. Fuimos al Duomo, y frente a la pintura del Dante sufrí un estremecimiento. En las catacumbas nos dábamos besos de adolescentes, ignorando los tesoros de la exposición. Yo te decía muchas tonterías, las mismas que había dicho tantas veces. Pero vos no entendías nada.
      -Non capisco quando mi parli in espagnolo, però comunque mi piace!
      Comprábamos vino en la calle de los artesanos, y paseábamos a orillas del Arno. Íbamos a los museos a visitar a Michelangelo, y salíamos en tren a las ciudades vecinas. No querías hablar de la separación, pero yo tenía que regresar a casa algún día, no tenía tiempo ni dinero de sobra. Una vez te entregué un papel con mi teléfono, pero vos lo tiraste a la basura. No querías saber nada de despedidas.
      -Pero algún día tengo que marcharme.
      No contestaste nada y saliste a trabajar. Me marché a caminar sin rumbo. En Santa Croce, junto a un grupo de turistas japoneses, volví a ver al mismo perro que se había acercado a nosotros la noche de navidad. Era distinto a todos los que había visto en Firenze, se parecía a los de mi tierra. De pelaje vulgar y cenizo, no me perdía detalle. Era grande, esquelético y triste. En la Signoria lo encontré de nuevo, pero nadie más se percató de él. En todo el día no vi a ningún otro perro callejero.
      Regresé muy tarde a tu casa. Estabas de mejor ánimo. No tardaste en advertir mi agitación. Te dije que no era nada.
      -Estoy un poco triste. Voy a extrañarte cuando regrese a casa.
      Pero vos estabas de buen humor. Tenías un plan.
      -Dai! Lascia quel paese piccolino e rimane qua con me!
      Lo dijiste. Me ofreciste tu casa y tu vida. Yo traté de disimular mi temor lo mejor que pude. ¿Era cierto lo que había visto en las calles?
      Para estar seguro, salí a caminar al día siguiente. Frente al Uffizi, cerca de los vendedores de postales, el perro volvió a presentarse. No ladraba ni mostraba agitación. Me siguió hasta San Lorenzo, y de ahí hasta Santa Maria Novella. Regresé a tu casa alterado, temblando de miedo. Aún no habías vuelto. Yo tenía la boca seca. Bebí una botella de vino y no sentí el menor efecto. Salí a esperarte a la calle. Vi de nuevo al perro, que me vigilaba desde la esquina.
     Regresaste diez minutos después, y te enojaste conmigo por no usar abrigo en una tarde tan fría. Me miré los brazos y quedé sorprendido. Hasta entonces no me había dado cuenta. El clima no me causaba ninguna molestia. Volvimos adentro, pero ya no pude ocultar mi temor. Como pude te expliqué lo del perro. Cada vez que lo veía sentía que me explotaba el corazón.
     Vos te reíste, me diste un beso y dijiste que la próxima vez estarías conmigo para espantarlo. No me abandonaste durante mis siguientes visitas a la ciudad, tampoco cuando salí a Pisa, Bolonia y Assisi. El perro había desaparecido.
     -Es una criatura de mi tierra. Es el cadejo.
     No comprendiste de qué hablaba. ¿Un qué? Juraste que nunca dejarías de amarme, que me ayudarías a superar cualquier dificultad, que nunca nos separaríamos. Yo te lo agradecí, pero te dije que algo andaba mal.
     -Ese perro no es el problema, sino el otro, el negro. Ése es el que me preocupa, el que tiene alma de diablo.
     El cuarto recuerdo más intenso es el de una noche de enero. Volvíamos de un concierto, al que me convenciste de asistir. Dijiste que no tenía nada que temer. Pero el corazón me dio un vuelco cuando vi al otro perro, al que algún día tenía que enfrentar. Se paseaba debajo de una cabina telefónica, desafiante. Su pelo era negro, y sus ojos brillaban. Eran de color rojo. Su cabeza era enorme. Su aliento era como el de la muerte. Te rogué para que al pasar junto a él no volvieras a verlo. Yo temblaba como un chiquillo. Vos te enojaste.
     -Però è solo un brutto cane!
     Él nos seguía, y tu mirada lo buscaba entre las sombras. Al llegar a la Via del Ponte, el perro guardaba la distancia. Dijiste que te habías equivocado conmigo, que te había engañado. Yo te rogaba que no volvieras a verlo. Pero no me prestabas atención. Era difícil explicar que una maldición cae sobre los que se atreven a desafiar la mirada del cadejo negro. Perdí la cuenta de las veces que lo miraste recorrer junto a nosotros las calles, tan frías e inhóspitas esa noche.
     No quisiste dormir conmigo. Me mandaste a otra habitación y te encerraste bajo llave. Apenas si logré dormir, y por la mañana, al tocar a tu puerta y no recibir respuesta, pensé que algo andaba mal. Forcé la entrada y te encontré en el suelo, con una fiebre muy alta. Te alcé en mis brazos y sufriste una convulsión.
     Los médicos dijeron que enfermaste de pulmonía. Me quedé a tu lado hasta que mejoraste, pero al recuperar la conciencia, ordenaste a la enfermera que me echara del cuarto y que no me permitiera regresar.
     El recuerdo más doloroso de Firenze es del día anterior a mi marcha. Luego de un intento más por visitarte, tu hermana me prohibió el acceso. Me dijo que ya bastante daño te había hecho, que no debía comunicarme con vos. Yo no dije nada, la dejé gritar y me marché a una plaza cercana, donde esperé por horas sin decidir qué debía hacer. Después partí en tren hacia Roma, y tres días más tarde volé de regreso a mi país.
     El último recuerdo es el de tu silueta en la ventana del cuarto de hospital. Algunas horas después, me dijo tu madre en su carta, sufriste una recaída. Antes de tu muerte, alguien debió hablarte de la discusión que tuve con tu hermana, y por eso saliste de la cama a pesar de que necesitabas reposo. ¿Qué pensaste en ese momento, cuando me viste en aquella plaza anegada por la lluvia, sin más compañía que el perro cenizo que me protegió durante el viaje?
     Cuando me fui de la plaza, el perro caminó a mi lado, para evitar que su enemigo intentara aproximarse. ¿Qué habrías pensado si te hubiese dicho que en Roma, mientras visitaba la Piazza de San Pietro, el Foro y el Colosseo, el cadejo blanco aparecía entre la multitud para cuidarme de todo infortunio? 


 

       

Web Hosting provisto por ColegioWeb.Com
La Clase más brillante en Internet