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Bachiller. Líbano.

 

Me quedé pasmada en la puerta de la cocina, viendo a aquel hombre, su brazo alrededor del fino cuello, tratando de robarle un beso en la boca a ella, que colgaba la jaula de su querido pájaro. Rachelle, mi madre, le rogaba que la dejara en paz; la avergonzaba que alguien pudiera descubrirlos.
Ruborizado por la pena que le causó mi repentina presencia, Tanios se enderezó como para hacerme creer que no pasaba nada, que lo que vi era una ilusión. Tomé el vaso de agua y salí corriendo.
Aquella tarde algo poderoso cambió. Sentí que empecé a ganarle la batalla a mi padre. Su actitud hacia mí dio un giro drástico, y sus amenazas perdieron eficacia. Ya no temía que me repitiera:
-Te mataré en el umbral de la puerta si sigues enamorada de este vago.
Seguí jugando con Jihad, tirando la bola sin buscarle rumbo. Miraba a ratos al único ser que secuestró mi existencia, y a ratos los ojos de mi padre, quien nos miraba desde la terraza de la planta baja de la casa. Aquella mirada amenazadora le cedió su lugar a unos ojos endebles.
Los consejos de papá me ponían en contra de lo que sentía. Cada sábado a la hora de la cena, y cada domingo a la hora del almuerzo, repetía y repetía que ese vago se aprovecharía de mi cuerpo, y después me tiraría como un trapo viejo y sucio.
Era obligatorio escucharlo y con los ojos fijos al suelo. Después de tomar su trago de Arak y de que su lengua se volvía pesada con el espíritu exquisito de la uva y el anís, no había permiso para interrumpir sus aburridas charlas, siempre las mismas. Ni siquiera cambiaron cuando justificó su comportamiento de ese domingo: que el honor, que la dignidad, y atrévete a suspirar.
-Miren a su madre, argumentaba. Tengo que rogarle para que me dé un beso, sabiendo que es mi mujer y que es mi derecho.
Para desahogar mi furia, le reclamé a Jihad su falta de interés en mí y sus intenciones de jugar con mis sentimientos para después tirarme al mundo del olvido.
-Faten, me preguntó angustiado mientras fijaba su mirada en mis ojos chispeantes, ¿por qué me hablas de esta manera? ¿Cómo me reclamas que no te ame?


Samia Gabriel.
 

       

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