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AMIGOS DE CASA

TALLER LITERARIO

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Abogada. Aunque es salvadoreña, pertenece al taller de La Casa en Guatemala.

Blogs: Inquisiciones y otros fracasos, En un inicio todo era..., Escritores... a lo mejor

 

Diario de una madre suicida

Ayer percibí miedo en las letras de tus ojos. ¿Eres feliz? Y es un eco a penas. Los gritos vendrán después. Después de que las arrugas hayan enmarcado tu mirada y los cigarros hayan amargado tu lengua hosca. Cuando ya no quede más que volver atrás y te des cuenta que sólo lograste repetir sus pasos tropezados que casi te han hecho caer y que la arrojaron seis pies bajo tierra.
     Ella, igual que tú, amaba el arte. Probó pintar, bailar, cantar y hasta entregarse, pero luego —cuando ya todas las técnicas le habían fallado—, sólo le quedó la escritura. De ella lo heredaste. Por ella comenzaste a plasmar tus lamentos en páginas de papel periódico. Lo considerabas irrelevante, como todo lo que hasta entonces habías hecho. Pero por ella preservaste tu vida, y lograste sobrevivir diez años.
     Es un misterio cómo llegó su diario a tus manos. ¿Te lo mandaría ella del más allá? Imposible. Debió dejárselo encargado a algún pariente que luego lo envió por DHL. Así funcionan hoy las cosas. Hasta los muertos han dejado de asustar. ¿Qué sentiste cuando lo viste? ¿Cuándo descubriste que dentro de aquella bolsa plástica que te costó tanto romper venía su letra aglutinada en ideas? Ideas que se fueron transformando en pesadillas. Y no en cualquiera, sino las más íntimas. Esas que sólo se dicen a un diario o a cualquiera cuando se está borracho. ¿Creíste que era una broma? Pero entonces comenzaste a encontrar en ese lacónico mundo de arañas vanidosas referencias certeras de tu vida y los tuyos. Ahí descubriste que no había vuelta atrás. Fue entonces cuando supiste que Alberto no era tu hermano, sino tu medio hermano. Pero nadie conoció a su padre. ¿O era la madre la que faltaba? Y que la Lucy era adoptada. Quién iba a decir que esa prima tuya, tan altanera y menuda, resultaría ser la entenada de la casa. Pero jamás se lo dirías, aunque la odies. Eso pedía tu madre al final de la página. Que antes de quitar la grapa que sujetaba las páginas siguientes debías prometer que no revelarías los secretos que ahí verías. Qué difícil se te hizo entonces avanzar. Hubieras querido quemarlo, igual que has hecho con tus poemas más pretenciosos. ¿Qué razón tenía poseer secretos que no pueden gritarse? Aún te lamentabas de tu mala suerte cuando llegaste al 12 de abril del 84. Ahí, con tinta incolora, te enteraste de tu padre. Venga uno a saber esas cosas tan tarde. Ahora que ya estabas nivelando tu vida, luego de vencer adicciones, traumas y psicosis. Luego de gastarte una fortuna en psicólogos y adivinos: cuando hubiera sido tan fácil descubrir la verdad. Pero cómo podías saberlo, si a él nunca lo viste. Acaso el día que te lo encontraste en la calle. Estabas tan seguro que era él. Lo supiste por instinto. Luego sobrevinieron las ganas de acercarte a saludarlo. ¿Y decirle qué? ¿Qué se le dice a un padre que deambula muerto por las calles? Luego pensaste en gritarle, pero lo dejaste pasar. Pasó sin verte. Sin darse cuenta que tras de él dejaba una estela de amargura y odio que nunca pudiste lavarte del cuerpo ni con jabón, ni con tragos. Y tu madre que siempre dijo que estaba muerto, incluso lo negó dos veces esa mañana. Y tú le creíste. Le creíste sin creer, porque era más cómodo hacerlo que preguntar porqué. Ahora lo sabes. Y ya es tarde para gritarle. Se fue de largo en tu vida.
     La siguiente página no contenía mucho. Sólo eran dibujos. Dibujos con tinta verde sobre rayas azules. Quizás un amor frustrado, un crimen, una orgía. ¿Qué sabías tú? ¿Qué más daba? ¿Acaso las mamás no tienen derecho también de divertirse? No, la tuya no. La tuya era una santa. Santa a tus ojos, porque mira que habrías de enterarte de cada cosa en las siguientes páginas. ¡Cuánto debió haberte dolido! Pero fue simpático saber del amante de tu tía Amparo. Esa viejecita de ahora noventa y pico de años, que siempre fue un ejemplo de moral y devoción al tío Fredy. Pobre tío Fredy. La pata negra y orgulloso ante el mundo. La trataba mal, es cierto, pero era una rutina de amor. El tío Fredy no quiso jamás ofenderla cuando la humillaba en público. Ella agachaba el rostro. Cómo debió haberse reído de él entonces. Una pena que el tío jamás se enterara de Armando. Tenía nombre de artista: Armando. ¿Aparecerá en alguna de las fotografías que tu madre te regaló tiempo antes de que…? Sí, ya sé que no te gusta que mencione esa palabra. Pero ¿cómo la llamamos? ¿Su deceso? Esa expresión no le aplica, bien sabes. Porque eso se dice cuando la gente muere en paz, rodeados de gente que los quiere. En cambio tu madre… Está bien, cambiemos de tema. Sé que te pone furioso. Seguime contando, ¿hablaba sobre vos en algún lado?

2006-2007

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Isabel quería morirse


Zara cerró de golpe la puerta de su oficina. Tenía que contestar una docena de mails y devolver algunas llamadas. Además Mendoza la había llamado tres veces ayer, seguramente para preguntar por su caso. Pero no había ningún avance; ni los documentos había mandado...
Que una tal Margarita Cortés la llamaba. No, definitivamente no la conocía. Que deje su número, que luego la llama. Que es para invitarla a un té. ¿Un té? ¿Y ahora de quién sería? Creía que todas sus amigas estaban ya casadas. Que deje el mensaje. Que la invita al té de Isabel Contreras, que se casa. ¿Se casa? Pero ¿con quién, si nadie le ha conocido novio?
Suena y suena y no contesta. ¿Isabel? ¿Que ha pasado?


Isabel quería morirse. Desde el momento en que la enfermera tomó el sobre de la repisa, pudo leer claramente a través del mismo: “Positivo”. O quizás lo imaginó. ¡No podía ser! Había hecho todo lo que Zara le había aconsejado... Casi todo. Dios mío, ¿qué diría su familia? ¿Qué diría su mamá? Seguro la mataría... ¿Y Andrés? Seguro se moriría. ¿Se haría cargo? ¿Cómo se lo iba a decir a sus papás si ellos ni siquiera sabían que ella tenía novio?
La voz de la enfermera la sacó de sus pensamientos: Felicidades, señora, está embarazada.
No supo qué le chocó más, si confirmar que sus sospechas eran ciertas o que la llamaran señora.
Echó el sobre sin abrir en su cartera, agarró el bastón y caminó el dificultoso pasillo hasta la salida. El aparato comenzaba a lastimarle la rodilla, justo ahí donde se le había formado una llaga.
Ya en el carro comenzó a llorar. En el semáforo no dobló a la derecha. Sacó la cajetilla de Diplomat Mentolados, pero desistió. Era suficiente tener un hijo sin padre como para tener un bebé enfermo. Lo había leído en las revistas médicas de los miles de consultorios que había visitado en su vida: fumar durante el embarazo produce bebés de bajo peso. Pero le faltaba el valor para deshacerse del problema. La Patty estaba en sexto año de medicina; ella sabría qué hacer. La Patty le había dicho que viera si los pezones se le habían oscurecido y que se comprara una prueba en la farmacia. Y, como todo le indicaba que estaba embarazada, se fue a hacer un examen de sangre.
Pero la muchacha le dijo que la Patty no estaba.
El plan A le había fallado, y no tenía plan B.
Citó a Andrés en un McDonald´s. Andrés la encontró pálida, con el sobre en la mano y un cigarrillo en la otra. Él lo leyó sin parpadear. Al terminar levantó las cejas. Habrá que darse prisa entonces, le dijo. Se llamará Enrique, como tu papá.


La niña había tenido fiebre toda la noche. Ángela decidió llevarla al médico a primera hora. Luego de examinarla, el doctor le dio la noticia. Era polio. Apenas tenía dos meses. Tres semanas antes, Ángela había sabido que varios niños habían contraído la enfermedad y llevó a Isabel al médico para que la vacunara; él le dijo que debían esperar un par de semanas para la primera dosis, que no se preocupara. Comenzó entonces un calvario de médicos, tratamientos, operaciones y fisioterapistas.
Las operaciones habían sido terribles. Marcaron su cuerpo y su alma. La peor de todas fue cuando le cortaron el hueso de la pierna que no estaba enferma para que le quedara al nivel de la otra, que no había crecido más. Cada semana iba al ortopeda para que ajustara el tornillo que tiraba del hueso y lo hacía crecer. Tuvo que usar muletas durante dos años. Más terrible que el dolor fue haber tenido que viajar sola a México. Si no hubiesa sido por esa monja que estuvo con ella día y noche durante su recuperación, quizás se habría dejado morir. Si no le hubieran cortado el hueso, Isabel calculaba que ahora sería más o menos de la misma estatura de Zara.


Es que yo nunca voy a tener una vida normal, le dijo a Zara un día, no como tú, que tenés a Ernesto y un día vas a casarte con él, vas a tener hijos y todo. Yo seguramente voy a quedarme sola. ¿Quién va a querer casarse conmigo?
¡Ay Isabel! Nada que ver, le dijo Zara, vas a ver que sí te casás.
Zara sintió pena por ella.


¿Cuándo te fumaste tu primer cigarro?, le preguntó Isabel encendiendo uno.
Quizás a los quince años. Pero Zara sabía que mentía. A los quince años era demasiado naïve para fumar. Ni siquiera había tenido novio. Su madre se había preocupado siempre por que no tuviera contacto con nada que pudiera dañarla. El mundo, para ella, era sólo un horrible lugar lejano a su casa, su colegio y sus clases de pintura. Pero sí había estado enamorada de aquel compañero de colegio que no le había hecho caso nunca.
¿Sabías tú que fumar aumenta el riesgo de cáncer de seno, de traquea, de lengua y?
Ya ni me digás, Isabel, la interrumpió, solo de oírte hasta me duele la garganta, ¿que no ves que soy medio hipocondriaca? Además el día en que esté embarazada voy a dejar de fumar.
¿Y si no podés?
Claro que sí, para mí el cigarro no es un vicio. Soy fumadora social. Sólo fumo en reuniones, fiestas, en el cine y en la cama, y soltó una carcajada de humo.
¿O sea que tú y Ernesto se acuestan?
Pues desde hace solo unos meses.
¿Te dolió la primera vez?
¿Me vas a decir que vos no?
No porque no quiera, sino que no he tenido con quién.
Ya vas a tener, para eso sobran.
¿Duele o no?
Creo que depende de cada quién, pero es que no podría decirte exactamente. Uno nunca sabe cabalito cuándo es la primera vez. No es que uno diga “hoy voy a dejar de ser virgen”. Vas de a poco. Nunca se retrocede. Y si con éste no lo hacés, será con el siguiente, porque con el próximo siempre comenzás donde te quedaste con el anterior.
¿Así, sin darte cuenta?
Yo creo. Es que uno no quiere creer que haya sucedido, y se engaña diciendo que no pasó nada. Por eso muchas salen embarazadas.
No entiendo.
Es que, si uno ya se metió en el lío, pues toma las precauciones del caso.
¿Pastillas, te referís?
Pastillas, inyección, lo que querrás, pero no se lo dejás a la suerte, dijo Zara, bostezando, y tomó el libro que tenía frente a ella.

2004


Vanessa Núñez Handal
 

       

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